Una palabra

Si he dicho alguna vez que a las palomas mensajeras se les puede sacar mayor rendimiento que a, por ejemplo, un mensaje en una botella, es porque está claro que es así. El día a día me ha regalado algunas verdades.

La historia que voy a contar a continuación tiene algo que ver con estas verdades mías que nunca son verdad del todo pero casi, depende siempre de cómo las cuente.

Hace unos meses -que parecen siglos- tenían por costumbre llamarme Mister Smoke Too Much . Todos lo hacían. Comenzaron diciéndomelo los amigos y se propagó desde mis parientes más lejanos hasta el núcleo más cercano de mi familia -léase Padres, hermanos y más, del sociólogo norteamericano Richard Picture, en esta misma colección-. La verdad es que fumaba más que Bob Marley y estaba ennicotizado desde la coronilla hasta las uñas de los pies.

Aquella manera de vivir tan lamentable cambió de repente una tarde mientras ordenaba mi escritorio con intención de abrir huecos para escribir un cuento. Me sobresaltó un golpe fuerte contra los cristales y descubrí a una paloma atrapada entre los marcos de la ventana y las cosas de mi habitación. Sin otro afán que liberarla eché las cortinas tras suyo y abrí un poco más la ventana. En lugar de volar pegó un salto acrobático y caminó ágilmente por la repisa. De inmediato volvió sobre sus pasos y se quedó mirándome de reojo, como miran las palomas. Daba pequeños paseos por la repisa pero nunca se alejaba lo bastante como para perderla de vista. Traté de tranquilizarme retomando de nuevo mi labor. Apenas habían pasado cinco minutos cuando ella volvió a arremeter contra los cristales. Esta vez con el pico.

No sé de dónde saqué el valor, pero me acerqué a la ventana para tratar de intimidarla. Aquella paloma no me inspiraba confianza alguna, y menos aún cuando descubrí que llevaba una anilla en una de sus patas.

Había leído algo sobre su gran capacidad de orientación, el adiestramiento meticuloso al que muchas son sometidas y el pedigrí millonario de algunos ejemplares. No pensé otra cosa en aquel momento: esta paloma quiere entrar en mi casa para dejarme un mensaje y no puede estar equivocada, es tan insistente, tan perfecta…

Puede que quisiese consultar el oráculo para saber sobre mis posibilidades de dejar de fumar; quizás sobre otras posibilidades peores que me acechaban entonces. Comprendí que ella podría traerme alguna respuesta, eso fue lo que pensé. Por eso dejé de verla como un demonio.

Una vez que la hube leído -se trataba sólo de una palabra- ella voló y yo comencé a ser otro.

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