Un toro en el camino

Enero del 95. Cerro de Matabueyes, Segovia. Un frío de cojones. Maniobras de tiro:
-¡Carguen armas! … ¡Disparen!

Mi diana no recibió ni un impacto y quedose el sargento Campanillas estupefacto de mi habilidad con el gatillo. Después nos ordenó a nosotros tres: Eh vosotros!!!, con autoridad, que recogiésemos cada uno de los casquillos. Que no quede ni uno!!! A cuenta de los casquillos de los huevos se me congelaron las manos. Campanillas ARG! llevó a toda la tropa, a paso ligero, ARG!, detrás del camión que transportaba las dianas.

Llegamos a un prao nevao, nevao como el Himalaya. Desde allí había siete kilómetros hasta el cuartel. La carretera no se veía, había más niebla debajo de nosotros que en un fumadero de opio. El camión se esfumó en un segundo con sus faros antiniebla y a nosotros nos quedó el marrón: una marcha campo a través hasta el cuartel… sólo apta para linces.

La tropa en general llevaba un ciego profundo; habíamos estado fumando porros a destajo durante la comida, camuflados bajo los pinos y lejos de los mandos. Así que resultó toda una hazaña bélica dividirnos en grupos de cinco para avanzar entre el espesor de la nada. El caso es que los mandos habían ideado una apuesta para motivar a la tropa. El grupo que llegase primero al cuartel gozaría de un permiso de cinco días. ¡Menuda idea! Nosotros ibamos ciegos perdidos, pero ellos se habían puesto tibios de vino durante la comida, así que después de tener la ocurrencia del año, invadidos por la pereza mental que sobreviene al esfuerzo intelectual, nos ordenaron que estableciésemos nosotros las cuadrillas de la expedición. Y claro, no nos lo tomamos en serio, ni por la borrachera truculenta de los Halcones de la Guerra, ni por nuestro propio estado de pereza absoluta: física y mental. Sin hablar del frío siberiano que iba in crescendo.

Estuvimos como unos veinte minutos jugándonoslo a los chinos. Pero muchos de nosotros no teníamos monedas ni nada pequeño con lo que hacer los envites y siempre llevábamos cero, por lo que todo se volvió muy previsible y había bronca general en cada jugada. Fue Campanillas una vez más, aparentemente el más sobrio de los sargentos, el que nos ordenó, ARG!, que formásemos de una puta vez, ARG!, Tú, tú, tú y tú. Tú, tú, tú y tú, Tú, tú, tú y tú… Alguien comenzó a silbar aquella cadencia pegadiza de tanto pronombre personal y Campanillas lo miró encabronado, alzando la barbilla, hasta que dejó de silbar. Como nosotros, el resto de los Halcones también lo llamaban Campanillas a escondidas, y mantenían con él una relación de superioridad marcial a pesar de ostentar el mismo rango. Pero Campanillas no siempre se dejaba amilanar, y de vez en cuando retaba a sus colegas con estúpidas aventuras.

-A ver quien llega primero -dijo en esta ocasión.

Y a continuación:

-ARG!

A mí me tocó en gracia su veteranía. Recuerdo que íbamos Campanillas, el Jabal, Deditos, Petardo y yo. Cuando llevábamos al trote no más de 5 minutos, separados del resto de las avanzadillas por kilos de niebla y nieve, el Jabal se pegó una hostia franca contra un pino de los de Segovia. Tardó otros cinco o diez minutos en reaccionar. Deditos, que llevaba el botiquín, le limpió la sangre de la nariz y le curó rasguños. Mientras, Puro se perdió distradamente a unos cuantos metros para fumarse medio porro que le había sobrado de la comida. Campanillas, cruzado de brazos, se cagaba en parientes y divinidades varias mientras esperaba. El Jabal, a duras penas, levantó su corpachón del suelo helado y miró a Campanillas pidiendo clemencia aunque en realidad le importaba un pito.

-No lo he visto, señor.
-¿No lo has visto? Pues desde aquí a donde quiera que esté el puto cuartel hay que verlo todo. ¿Entendido?, ARG!

Y a correr otra vez al azar. Nadie