Todo lo que flota

Cuando una flor se seca ni mil litros de agua pueden devolverle la vida, pensó. El cielo azul. El océano azul. El sol amarillo, o naranja. El mar azul, el cielo azul, el sol como fuese, y una nube negra, pequeña y redonda amenazada con eclipsar el sol de forma ridícula. No era un planeta, sólo una nube, una condensación pasajera pero negra como una estrella quemada. Se movía en la misma dirección que él, mar adentro, y muy pronto se interpondría entre sus ojos y el sol.

Seguía caminando. Había avanzado más de veinte metros desde la orilla pero el agua se resistía a sobrepasar los tobillos.

Para el eclipse ridículo aún faltaban unos minutos a tenor de la velocidad de la nubecilla negra.

Mirando hacia abajo, que era todo lo que se podía hacer para proteger la vista de aquella luz tan hostil, descubrió de repente un mojón perfectamente contorneado. Un cagallón de manual, marrón oscuro, con algún añadido orgánico de distinto color que el cuerpo no había asimilado del todo bien, surcado de las cicatrices y abultamientos propios de su tránsito por el intestino. Un excremento humano a todas luces. Flotaba a la deriva en aquella orilla interminable. Se agachó y lo cogió.

-Qué cerdo –dijo uno de los socorristas-, estaba seguro de que lo cogería, menudo cerdo asqueroso.
-Dejáme ver –dijo el otro arrancándole los prismáticos de las manos.
-Qué te parece el guarro ése, qué asco de tío, colega.
-No veo nada.
-Allí, coño –dijo señalando de media gana hacia el centro de la playa.
-¿Qué tiene en la mano?
-Un pedazo mierda como una casa, ¿no es alucinante?
-Yo flipo.
-No lo pierdas de vista que lo mismo se lo come…
-¡Ostia!

El bañista pareció oírles pues giró en redondo con el mojón en la mano. Pero en realidad no había oído nada, el puesto de socorro estaba demasiado lejos, detrás de las dunas. Desde su posición sólo alcanzaba a ver la bandera verde ondeando cerca del puesto. Bandera verde, mar en calma, sol radiante, y, aparte de los socorristas y del bañista, una silueta lejana caminaba reflexivamente en el flanco más occidental de la playa.

Miró por última vez al mojón antes de devolverlo al agua y siguió caminando mar adentro.

La iridiscencia del sol creaba juegos calidoscópicos en la superficie del agua y la arena avanzaba bajo sus pies sin ninguna dirección fijada. Los socorristas seguían riéndose, esta vez por la ocurrencia de uno de ellos. Habían descubierto con los prismáticos la mancha rosada de nacimiento que abarcaba casi toda su espalda.

-Menudo pegote, es como un mapa de geografía.
-Déjame ver…
Ja, ja, ja.

Hacía un buen rato que el hombre del libro había defecado clandestinamente en la roca más septentrional de aquella playa, en la punta oeste, donde el arenal se transformaba en pedrero. Sus pies mantenían el equilibrio sobre pequeñas lapas puntiagudas cuando abrió el libro por la página marcada, el inicio del capítulo 27: ¡Doblones! Desde el capítulo 27 fue repaginando y se topó con la cuartilla donde venía el mapa de la Isla del Tesoro. El dibujo de la isla tenía forma de un rostro decrépito y desagradable. Por encima de ella un par de sirenas sujetaban una especie de guirnalda en cuyo interior se leía: Escala: 3 millas inglesas. En el mapa venía todo detallado: la Cala del Norte, la Cala del Carnero, la Roca Blanca, el Fortín o Empalizada, la Isla del Esqueleto, un velero y unas aclaraciones a pie de página, donde se detallaba como la Hispaniola había llegado desde el Este y anclado en el Fondeadero del Capitán Kidd… el punto E indicaba el lugar donde los piratas encontraron el esqueleto, el punto F situaba la colina de los dos picos donde Jim encontró al “abandonado” Gunn, etcétera. Todo quedó emborronado de mierda, hecho un gurullo y lanzado al mar en calma. El mapa seguía de cerca las cagarrutas que flanqueaban a la cagada principal del hombre del libro. La flota mierdosa al completo se dirigía hacia el centro de la playa, con una predisposición clara de terminar arribando en la orilla si no cambiaban los vientos o se interponía la mano de un bañista gigante.

La nube negra parecía haberse detenido. El eclipse ridículo aun se postergaría unos minutos. Mientras tanto, después de la experiencia al tacto del mojón, el hombre que caminaba se sacó de la chistera unas flores de las dunas, las llevaba apretadas en una de sus manos y hasta entonces no había abierto el puño. Las flores prohibidas pasaron de incógnito. Los socorristas se habían olvidado del mapa en la espalda, del cagallón y ahora también se perdían el espectáculo de la flor. Jugaban al tute. Pintaban oros.

El bañista no sabía nada de dunas ni de flores de dunas, pero las plantas minúsculas que llevaba en su mano tenían un nombre: Mosquitas doradas. Es más, tenían nombre propio: Linarias Supinas, de la familia de las angiospermas. Un auténtico tesoro, pues están en peligro de extinción. Nuestro hombre estaba en el lugar exacto del mapa, tenía su mosquita dorada, su doblón, quizás la última mosquita dorada del mundo. Se la había usurpado al planeta definitivamente pero no sabía valorarla. Tenía que seguir avanzando hacia el horizonte, cruzar el mar antes de que la nube negra ocultara el sol y todo se oscureciese. Ni los prismáticos con más aumentos hubiesen esclarecido su destino.

-¡Cuarenta! –gritó uno.
-¡Renuncio! –gritó el otro.
-Anda ya…
-En la última baza arrastré y no tenías oros.

El tipo del libro paseaba con una mano a la espalda y al otra sujetando la Isla del Tesoro. Seguía en el capítulo de ¡Doblones! En realidad no había hecho más que iniciarlo: “Cuando la mar estuvo en calma, pude verlo hecho un ovillo en el fondo de limpia y luminosa arena, en la sombra que proyectaba el casco de la goleta. A veces el temblor de una ola provocaba la ilusión de un movimiento, como si intentara levantarse. Pero estaba bien muerto, con dos disparos y, además, ahogado, y ya no era más que comida para los peces, como yo lo hubiera sido (…)”

Habían transcurrido varios minutos ya desde que el lector defecase en las rocas, y varios minutos también desde que el bañista decidiera que los excrementos siguiesen su propio rumbo. Ahora el agua le llegaba a la altura del estomago y la mosquita dorada flotaba en el agua, liberada pero muerta.

Puede que pasase una hora más, quién sabe, y la posición de los humanos en aquella playa había cambiado radicalmente. Lector y socorristas se habían reunido en un punto concreto de la orilla. Justo en el lugar en el que descansaba el cuerpo. El bañista había aparecido flotando boca abajo. Su mancha de nacimiento efectivamente se parecía al mapa de algún territorio, posiblemente al de la Isla del Tesoro. Incluso había una hendidura en su piel señalando el lugar concreto donde estaba enterrado el cofre.

El boca a boca no resultó. Sus ojos no pudieron ver el eclipse ridículo que en aquel preciso instante tuvo lugar entre el sol y la nubecilla negra.
…………….
El día se oscureció por completo durante unos segundos, los suficientes para confirmar un mal presagio y para obligarle a despertar. Su primera impresión del sueño fue compleja. Reconocía que había muerto en la orilla, pero por algun afán de supervivencia imaginó su cuerpo duplicado mientras seguía despertando. Uno de los dos moría en la penumbra de aquel eclipse, sobre la arena, el otro nadaba hacia el horizonte a pleno sol.

Tenía la boca tan seca que ni mil litros de agua hubieran sido suficientes para quitarle la sed y el calor pegagoso de aquella mañana de agosto. Quizás la cena le hubiese sentado mal, pues sentía una fuerte opresión intestinal y no acostumbraba a hacer de vientre tan temprano. La Isla del Tesoro seguía sobre la mesilla de noche, con el marca páginas en el capítulo 27. Repaginó hasta encontrarse con la ilustración de la isla y comprobó que no se parecía en absoluto a su mancha de nacimiento. Después de desayunar aún tenía muy fresco algún recuerdo de su último sueño. Acudió a la enciclopedia del salón pero no encontró ninguna referencia a las “mosquitas doradas”. A las 10:30 ya estaba el primero en el puesto. El día era espléndido, y la multitud había tomado la playa por completo a eso de las 11:30. En su hora libre para comer seguía sin apetito y sentía el cuerpo agarrotado. También renunció a jugar a las cartas con sus compañeros. Jugaron un tute, pintaban oros… pero a esas alturas su sueño había perdido toda la vigencia en su mente.

Al término de la jornada todos se habían ido. El no. Acudió de nuevo al retrete y después decidió pegarse un baño para tonificar sus músculos.

Tus comentarios