Summer time

El porvenir. Así llama el vecindario a un esbelto peñasco con forma de silla de montar desde la que se alcanza una visión panorámica de la fábrica abandonada. Las lagartijas campan a sus anchas entre los escombros hasta que el tipo en cuestión –el que está por venir– las espanta con sus botas extemporáneas y se sienta en la silla. Lo hace siempre a las cinco y tres minutos de la tarde, poco después del western de la tarde y de una siesta sudorosa. El sombrero tejano da más sombra a sus ojos hundidos y esconde su gesto polvoriento. Sólo necesita un revolver, un pañuelo para taparse la cara, veinte años menos y -casi con toda seguridad- atracaría el primer banco que se cruzase en su camino.

No le emboba el canto de las chicharras. Se mantiene rígido como un tótem observando el techo hundido de la fábrica en la que dejó sus mejores años -también los peores. Con su lengua pastosa da vuelta al palillo entre sus dientes y examina los cristales rotos y los marcos de hierro oxidados. Muestra la misma indiferencia que un fabricante de ventanas sin ventanas que fabricar -si has llegado a comprender que no hay nada para ti, te conviertes en un tipo duro que se va secando al sol. Si los cristales están rotos, todo está roto en la misma medida. Si las ventanas no tienen cristales, la realidad es más nítida. Punto y aparte.

Escupe el palillo y lo sustituye por otro porque alcanzar la verdad (y no tener ni para tabaco) requiere desmenuzar varios cientos de palillos. Si fuera un cowboy escupiría flemas negras, tendría un caballo bien domado y un colt de seis balas -con una sería suficiente.

Cuando se levanta de la silla de montar, apunta con el dedo índice a las  siluetas de pistoleros (dibujadas en el grafiti monumental de la fachada de su fábrica) que siempre le amenazan con desenfundar sus armas.

Bang.

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