Sin retorno

El destino quiso que descubriese una llave sobre la tapicería gastada de aquel taxi. Estaba sujeta por un aro a un llavero de forma redonda, de plástico verde, con un número en blanco: 103. Se trataba de la llave de una consigna de la estación; las había visto mil veces.Mi vida en los últimos tres años suma una treintena de viajes a ninguna parte y una treintena de retornos. Sólo con los intereses bancarios me podía permitir esos viajes y mucho más, incluso realizaba pequeñas y medianas inversiones sin riesgo que iban aumentando mi dinero en el banco y mis intereses anuales, y éstos mi dinero otra vez… por eso mis viajes eran cada vez más largos.

Reconozco que la idea de la llave de una consigna abrió las puertas de mi imaginación y que por eso la metí en un bolsillo de mi americana sin decirle nada al taxista.

Cuando me devolvió el cambio creo que me examinaba todo lo fijamente que podía tras aquellas gruesas lentes, como culos de botella, que misteriosamente no le incapacitaban para conducir un transporte público.

Lo primero que hice fue darme una ducha. El olor a jazmín de aquel gel adelgazante me devolvió un poco más a mi vida antes del viaje. El libro de Bowles seguía sobre la mesilla de noche con el marcapáginas inamovible y una fina capa de polvo sobre las dunas del desierto de la carátula. Abrí El Cielo Protector y comencé a leer donde lo dejé por última vez.

Estaba en algún lugar; para regresar de la nada había atravesado vastas regiones. En el centro de su conciencia había la certidumbre de una infinita tristeza, pero esa tristeza lo reconfortaba porque era lo único que le resultaba familiar.

Lógicamente no encontré nada comestible en el frigorífico, así que me decanté por unas latas de conserva, pero la mayoría estaban caducadas y tuve que descartarlas. Todo a mi alrededor parecía haber envejecido en poco tiempo.

No me había olvidado de la llave. Mientras sincronizaba mi hambre al horario peninsular, la observaba y hacía cábalas con el número 103. Masticar se convirtió en un ejercicio mental. Pocas veces en mi vida había hecho algo así. Quiero decir que no soy el típico tío que va por ahí quedándose con lo que no es suyo.

Me tiré en el sofá y puse la televisión. En apenas unos segundos asimilé que estaba de vuelta en España… ese montón de idiotas dando voces a la vez sin que sepa de qué coño hablan es algo muy nacional. Cambié de cadena y bajé el volumen. Al rato volví de mi siesta mascullando alguna palabra que no logré recordar a pesar de su vivacidad, y me quedé como un pasmarote mirando para la pantalla y siguiendo con detalle el anuncio de un banco que te propone un fondo de inversión con flexibilidad de gestión.

Estaba claro que iba a volver a la estación esa misma tarde, no tenía nada mejor que hacer y si me había quedado con la llave era para darle uso.

Salí a la calle. El barrio entero dormía la siesta. El tráfico también. El sol era de justicia a media tade. El silencio pegajoso. Por el fondo se acercaba un taxi a velocidad prudencial con la luz verde. Levanté la mano pero cuando se paró a mi altura hubiese deseado desaparecer. Bajó la ventanilla y se me quedó mirando como miran los cegatos, frunciendo el ceño hasta que fue capaz de hacer diana y reconocerme.

-Qué casualidad.
-Y que lo diga -No crea, esto ya me ha pasado más veces, como siempre cubro la misma ruta a veces suelo coincidir con los mismos clientes dos veces en un mismo día.
-No hace falta que se disculpe.
-¿Disculparme?, es sólo un comentario -me dijo con cara medio de asco medio de nada.
-Está bien, es igual.

Entré en el taxi como una vaca en el matadero y me aclaré la garganta antes de decirle adónde iríamos.

-A la estación.
-Ve, eso si que no me ha pasado nunca, dos veces el mismo cliente en el mismo día, una desde la estación y otra hacia la estación… qué cosas.

Guardé silencio. Puedo llegar a creer en las casualidades pero no en todas. Mi destino estaba a resguardo en una taquilla, no había duda. Le pregunté al taxista en qué día estábamos. La idea del tiempo creo que me la sugirió el taxímetro y su sonido seco. Cada vez que cambiaba de número el tiempo transcurría un poco más, en algún lugar alguien moría, alguien nacía, muchos hacían el amor, medio planeta dormía soñando con sus llaves particulares, y el taxímetro lo encadenaba todo en su mecanismo interno, tac, y el tiempo seguía transcurriendo gracias a él.

-Pues viernes -dijo.

Al ver que yo no parecía reaccionar añadió

-Viernes 13, señor, un día puñetero.

Ni siquiera recalé en su observación, para mí un viernes 13 no era suficiente.

-Viernes 13 ¿de qué mes?
-Ja, esto tampoco me había pasado nunca ya ve, que me pregunten el mes, qué cosas… en cierta ocasión…
-¡Quiere decírmelo de una vez, estúpido!

Apenas tuve tiempo de reaccionar. El taxista cegato pegó un frenazo y aparcó en el arcén, se bajó del coche como una bestia y cuando abrió la puerta de atrás y se me echó encima descubrí aquella excepcional corpulencia de pura grasa, aquella balsa de sudor. Sentí sus manotazos a la par que me lo iba aclarando todo

-Viernes -PAF- 13 -PAF- de agosto -PAF- de 2002 -PAF.

Me reventó el labio y más cosas. No me atreví a palparme la cara cuando él dejó de pegarme.

-Ahora me va a dar usted su cartera -me espetó señalándome con uno de sus dedos morcillosos-, con eso pagará usted el taxi y los insultos. Después le llevaré a la estación, se bajará del coche sin rechistar, me saludará con la mano y se olvidará de que alguna vez en su vida ha coincidido conmigo, ni en el viaje de ida ni en el de vuelta. A partir de ahora no me conoce, no sabe cómo soy, no sabe siquiera que soy taxista. Me olvidará y, por supuesto, no se le ocurrirá denunciar nada. Sé donde vive, no se olvide. Todo irá bien si permanece calladito.

Mi rostro deformado por los golpes se distorsionaba más aún en sus cristales gruesos.

-¿Me está comprendiendo amigo? -PAF- … le estoy diciendo que me dé su puta cartera, o se la quito yo.

Me dejó en la estación como había prometido. Le saludé con la mano acatando sus órdenes y el taxi se perdió de vista. En mi ropa había manchas de sangre, no tenía dinero, ni tarjetas de crédito, ni documentación de ninguna clase que me identificase. Y mi rostro era un poema. Me lo repasaba con las manos observandome en el reflejo del cristal. Me acerqué tanto que el sensor me reconoció y se abrieron las puertas automáticamente. La humanidad entera iba de una zona a otra con sus equipajes.

Lo más sensato hubiera sido largarse pero la llave seguía en uno de mis bolsillos y ya había llegado demasiado lejos como para volverme atrás. Un, dos, tres… conté hasta cinco para tratar de respirar correctamente. Tenía que ir al grano, no andarme con ningún tipo de rodeos, entrar lanzado y dirigirme a la derecha hasta el fondo, torcer luego a la izquierda y caminar unos 50 metros.

En mi camino no vi a nadie que fuese más rápido que yo, y sin embargo era sólo un error de cálculo, una aceleración cardiaca… Tenía la sensación de que caminaba velozmente, pero lo único que iba rápido era mi cabeza. La clásica escena de hombre atolondrado con mala pinta que camina a la contra en un aeropuerto, tropezando con todo el mundo… parece que lleva manchas de sangre en la camisa y en la chaqueta y, un momento, su cara… ha sido brutalmente golpeada… llamen a la policía, llamen a la policía… A esas alturas todo el mundo en aquella planta me seguiría con la mirada, murmurarían… mira aquel tipo, adónde pretende ir… habría que llamar a la policía. Que alguien llame a la policía, ¡Policía!

Ya estaba muy cerca. La taquilla 103, podía verla, justo al lado de la 102.

………………….

Salí esposado de la estación. Con las manos a la espalda y aquel calor de justicia imaginé que cualquier tipo de ocaso es así, que bajo los acantilados baten las olas porque no pueden llegar más allá y que las prisiones son el destino más duro que un hombre puede sufrir.

Yo no quería ir a la cárcel, pero ni siquiera el abogado de oficio que me asignaron me llamaba por mi nombre. En su humilde y poco experimentada opinión, mi caso se complicaba por momentos.

-Cada vez que abre la boca para contar algo de su vida que pueda relacionarle con algún tipo de realidad concreta, -me dijo de forma sabionda- ellos van y lo desmienten. A estas alturas están un poco moscas con usted, les preocupa que a parte de no decirles la verdad les pueda estar ocultando algo de envergadura… será mejor que me lo cuente a mí primero para que pueda defenderle. No me importan los motivos por los que usted tenga ese aspecto, ni porque en su taquilla había 5 kilogramos de cocaína, ni su atrevimiento para abrir la maleta allí mismo como si tal cosa. Si quiere guardar su reputación, seguir ocupando su silla en esta sociedad, será mejor que incrimine a alguien más, que delate a los que están por encima de usted. Su pena será mínima, y luego podrá seguir con esa vida de viajes y negocios que dice usted que lleva.

Nadie me reconoció ninguna virtud y todos mis posesiones y millones, incluidos los de los fondos de inversión, se emplearon en pagar la fianza.

Mis viajes se limitan ahora a las calles del centro de la ciudad. Por las mañanas temprano rastreo la basura, hurgo en los contendores, en las cajas de cartón que abandonan los comercios, pero nunca encuentro nada que me satisfaga plenamente. Las tardes me las paso frente a los escaparates de las agencias de viajes. Hay grandes ofertas para irse a Sudafrica. Se me hace la boca agua, como cuando me paro frente a una pastelería, y a este paso mi hambre y mi espíritu viajero terminarán por confundirse y si alguna vez vuelvo a tener un billete entre las manos me lo comeré antes de embarcar.

……….

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