Silencio, por favor

Parte de forma tosca la langosta y no es capaz de hincarle el diente sin saltarse la etiqueta. Se chasca los dedos en la sobremesa y no dice ni pío de Brahms, ni de sus variaciones para piano sobre un tema de Paganini. Le han conseguido un concierto pero no está dispuesto a agradecerlo. Ni siquiera besa las delicadas manos de las damas por miedo a rozarlas con su ilustre bigote.

Como de costumbre, ensaya varias horas pero ya no es posible quitarse de la cabeza el largo aplauso de todas esas personas perfumadas. Digamos que le aplauden como un viento que nunca amaina, como inmóviles fantasmas que no tienen prisa por esfumarse. En ese punto del ensayo siempre le duelen los dedos de forma trágica.

El doctor -un melancólico amante de la poesía- dice que no puede diagnosticarle una artritis a menos que el pianista crea que ése sea su problema o su esperanza.

¡Qué problema, ni que esperanza! Qué pueden importar las palabras o los diagnósticos cuando la luz clara lo inunda todo. Lo que me saca de quicio es este estúpido bigote, piensa. Y se lo afeita sin contemplaciones.

El auditorio está lleno y se sienta frente al piano sin bigote y sin artritis. Hay un silencio ensordecedor mientras amaga con tocar el piano para luego no hacerlo. Nadie se atreve a carraspear ni a sonarse la nariz. Es un silencio merecido que vaga como el humo y que se extiende, con extraordinario sigilo, hasta que se levanta de su taburete, se tira un sonoro pedo y cierra con estrépito la tapa del piano.

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