Reflexiones en la lavandería

La lavadora era industrial, de un gris metalizado, brillante y, llegado el caso, perturbador. Dos pares de pantalones, cuatro de calcetines, cuatro calzoncillos, dos camisetas, una camisa, un jersey, un abrigo y una chaqueta de lana. Toda la ropa mugrienta de los últimos meses. Incluso las playeras sin suela.

Eran las 22:15, a esas horas ya no quedaba nadie en la lavandería. El encargado mataba el rato en un bar cercano, desahogando su hastío con un par de cervezas. Aprovechó este tiempo muerto para desnudarse y poner la colada. Se tapó las partes íntimas con una toalla. Todo su vestuario daba vueltas al ritmo de un programa básico de lavado. El bombo paraba en seco y se escuchaba un goteo múltiple y vibrante, el chapoteo sincronizado de un millón de gotas. Apenas unos segundos después el aparato desaguaba con un sonido ronco y volvía a la carga con una nueva inundación y, en apariencia, con muy poco detergente.

Por momentos el lavabo alcanzaba una atonía preocupante. Si no fuese por el reloj digital, que iba descontando los minutos desde los veinticinco iniciales, hubiese creído que el tiempo se había detenido para siempre dejándole desnudo. O peor aún, que se hubiese detenido la lavadora dejándole la ropa sin lavar.

Y en ésas estaba cuando se abrió la puerta y entró el encargado. No ocurrió nada. Con la puerta no se abrió ninguna fisura en sus temores, no entró en la lavandería ninguna corriente de aire fresco. En realidad ni se inmutó, siguió absorto, centrifugando y poniéndose en lo peor.

Ahora el reloj digital marcaba 10 segundos desde hacía tiempo. La lavadora seguía funcionando pero el tiempo se había parado. No se atrevía a pestañear por miedo a perderse el momento definitivo en el que llegase el 9 y todo volviese a la normalidad. Se sujetaba la toalla con la mano derecha retorcida sobre la cadera y tenía la piel de gallina.

El encargado apenas se fijó en aquel hombre, acostumbrado a otras escenas similares a lo largo de los  años. Tras el mostrador se dispuso a ojear un cómic de Superman que había dejado a medias antes de tomarse las cervezas. Era un número antiguo. El superhéroe había perdido su traje y se veía relegado al papel de Clark Kent. Día tras día trató de buscar pistas para descubrir al supervillano que le había dejado desnudo ante la humanidad. Las páginas avanzaban rápido en manos del encargado. Al final recuperaba su traje, pero había perdido los colores y estaba roto por efecto de la kriptonita. Detrás de todo ello estaba, cómo no, Lex Luthor. Superman tuvo que viajar malherido y medio desnudo a la Antártida, haciendo autostop por varios Estados con apenas un dólar y medio en los bolsillos. Soportando sobre sus hombros un pesado abrigo de vagabundo que escondía su condición de héroe, sus heridas y su calamitosa salud. Su meta era encontrar en su cueva glaciar un pedazo de tela limpia y galáctica con la que recuperar su dignidad.

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