Por el camino del medio

Creí que nada podía ponerse en medio de lo que yo quisiera. Que todo era para mí por ser yo. Anoté mis sentimientos como un idiota orgulloso y pensé que bastaba con chascar los dedos para tenerlo todo, que todo lo que se me negaba acabaría por encontrarme. Me convencí, además, de que entre mi cabeza y yo había otra cosa, puede que yo mismo fuera de mí mismo. Que algo de mí, en mi exterior, controlaba mis decisiones al azar. Pero también tuve la extraña sensación de que había otro algo que estaba fuera de mi primer algo, dominando a ese algo fuera de mí mismo y a mí personalmente.

Aún con todo, por momentos dudé – como es lógico. Todo podría ser cosa de dos. Uno no basta. Ante un acto incuestionable para uno mismo siempre aparece, tarde o temprano, la mano que te vuelve la cabeza hacia otro lado y te dice: ahora mira para allí. Y para allí miras.

¡Claro!, me dije, todo es un asunto de dos: de lo uno y de lo otro. Así que mi obrar de antes, mi obrar a la primera, se quebró con aquella idea. No podía partirme para actuar, mis pasos debían seguir una única dirección porque dos al mismo tiempo es imposible. Y mi orgullo infeliz se derrumbó finalmente.

Primero caminé sin más por uno de los dos caminos que se abrían ante mí. Caminé hasta que no supe por donde seguir. El sendero continuaba sí, aunque no para mí, estaba demasiado agotado. Después caminé por la ruta paralela que, como es obvio, en ningún momento se cruzó con la anterior. También la abandoné. Decidí entonces ir por el camino del medio, creyendo de verás que el número dos sólo había sido una ilusión, una duda, un error. Esa parte de mí fuera de mi mismo, controlada por otro algo exterior a ella misma, me habían gastado una broma siguiendo su juego de azar.

Antes de iniciarme en el camino del medio una persona amiga me advirtió con sinceridad y palabras claras: “por el camino del medio no hay nada”.

Tuve que comprobarlo por mí mismo.

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