Para que presumas de botas

Aún estábamos en la primera quincena de diciembre. Creo que como el resto de los comerciantes suplía mi desilusión por las ventas pensando que aún era pronto para las compras de Navidad.

Aquella noche llovía. Estaba apostado en mi ventana fumándome un cigarro y tardé en percatarme de que alguien se acercaba calle arriba. Una anciana que se paró frente a la luna de mi negocio con el paraguas abierto. Parecía observar con detenimiento el calzado de mi tienda. Al poco flexionó su cuerpo y los pequeños ojos asomaron por un lado, escudriñando de abajo a arriba las ventanas de mi bloque. Se trataba de Doña Luisa. Rápidamente, me oculté tras la cortina.

A la noche siguiente Doña Luisa volvió. Lo hizo un poco más tarde, casi a medianoche; demasiado tarde para una anciana. No llovía esta vez, y sin paraguas por el medio comprobé que se interesaba por la Electra1020, bota alta de piel sintética color negro con tacón y plataforma. Un modelo demasiado agresivo para su edad.

Mi escaparate lucía unas cuantas bombillitas azuladas y algunas bolas navideñas de color rojo. Por el brillo de estos objetos se dejaron llevar mis ojos y mis pensamientos acerca de la vieja. Qué asunto tan misterioso. Cuando quise salir de mis interiores, Doña Luisa estaba mirándome abiertamente desde allí abajo. La saludé con la mano sin naturalidad alguna y ella se fue sin devolverme el saludo. Caminaba lenta y pesadamente, como suelen hacerlo las octogenarias por muy delgadas que estén.

El asunto se tornaba poco creíble. Aún no había vendido ninguna de aquellas botas, ni siquiera a las jovencitas adolescentes propensas a las coletas y los piercings, pero ahora parecían tener un magnetismo especial para las ancianas que viven solas y no tienen nietas, como Doña Luisa.

Al día siguiente se comenzaron a escuchar los villancicos. El cura se lo había tomado en serio y había colocado un amplio dispositivo por las calles -sobre todo en la mía, que estaba cerca de la iglesia. Campanillas del lugar, Adeste fideles, Noche de amor y decenas más sonaban por los altavoces. Un villancico tras otro. Cuando cerré la tienda, la música ya había cesado pero yo la llevaba en mi cabeza y seguía tocando la zambomba, y le daba a mi suegra en mitad de la nuez antes de que llegaran los pastorcitos al portal de mi casa.

A medianoche, la viejecita apareció fiel a su cita, pero esta vez no le di ocasión de que me viera. Me mantuve tras las cortinas, con la luz apagada, vigilándola. Antes de irse volvió a mirar hacia mi ventana, en su forma de hacerlo se apreciaba un parkinson madurado.

Tardé mucho rato en dormirme. Aún resonaba la zambomba en mi cabeza, y al pobre José le habían roído los calzones. Pero una cosa tuve clara a pesar de los irritables villancicos: le gustaban las botas, no había duda. El por qué no lo adivinaba.

Ay del chiquirritín chiquirriquitín metidito entre pajas…

Los villancicos reales volvieron a la mañana siguiente. Exactamente los mismos del día anterior. Estuve atolondrado y extrañamente eufórico mientras los peces bebían en el río y volvían a beber. Apenas entraron tres personas a probarse calzado pero no se llevaron nada de nada. A la hora de cerrar era más pobre que antes de abrir y estaba mentalmente destrozado por los cánticos del demonio.

Doña Luisa no vino aquella noche, o al menos no vino a la hora prevista. No podía más así que me tomé una pastilla para dormir. En medio del amodorre los villancicos agonizaban en ritmos estridentes aunque cada vez más apagados. Dormí como un lirón. Ni siquiera me dio tiempo a lamentar que las ventas de Navidad se estuviesen retrasando más de la cuenta.

A la mañana siguiente Pepe el barrendero me llamó al telefonillo a eso de las ocho de la mañana para decirme que me habían robado. El ladrón había practicado un agujero circular en el cristal del escaparate. Un agujero no muy grande por el que había extraído la Electra1020, bota alta de piel sintética color negro con tacón y plataforma.

Cuando declaré ante la Guardia Civil que sólo me habían “sustraído” un par de botas, fue como si el acto delectivo no existiese. Los cánones en este asunto estaban claros. Una cosa es que te desvalijen y otra muy distinta que te tomen el pelo. El caso era demasiado absurdo, a no ser que se tratase de una advertencia o una pequeña venganza. Al menos eso fue lo que valoró el teniente Sánchez. “¿Le debe dinero a alguien, señor López?”, me preguntó. Aquello fue el colmo. Ante la actitud de la Benemérita ni siquiera cité mis sospechas acerca de Doña Luisa. Nadie en el mundo hubiese imaginado a una viejecita perpetrando un robo de esas características.

La empresa de seguridad me explicó que la alarma no había saltado porque mi sistema no incluía sensores especiales para exteriores. Los del seguro se hicieron cargo de la reparación de la luna y del importe de las botas a regañadientes. El robo resultaba tan excepcionalmente escaso que nadie parecía dispuesto a tomárselo en serio.

Después de ésto la Navidad llegó de repente. Las ventas mejoraron aunque no lo suficiente como para sacarle rentabilidad a la nueva verja automática que había instalado.

El día de Nochebuena agoté todas las existencias de las Pantuflas ROCCOP. Pitón, con suela de cuero y ribetes en contraste. Así que tuve que conformarme con unas babuchas marrones de las de toda la vida. Tengo la tradición de autoregalarme para esa noche unas buenas zapatillas. Renuevo las antiguas y de paso doy un pequeño toque de distinción hogareña a mi solitaria Nochebuena. Pero con las babuchas me sentía un pobretón. Además se me quemaron las perdices y me corté un dedo al abrir una lata de zamburiñas. El vino estaba aguado y casi me atraganto con un polvorón.

Decepcionado por no saber organizar una Nochebuena como Dios manda, fumaba uno de los últimos cigarrillos de la nostálgica Navidad de 2005. Asomado a la ventana trataba de saborear el aire del invierno, que en estas fechas va cargado de un profundo aroma a chimenea. Decidí dar una vuelta por el muelle. Cuando salí a la calle el reloj de la iglesia dio doce ruidosas campanadas. Observé cómo una comitiva del pueblo se concentraba en la plaza de la Iglesia. Se felicitaban la noche antes de entrar a la misa del Gallo. Allí estaba también Doña Luisa, la viuda inofensiva, octogenaria.

No pude evitar acercarme.

Parecía que el espíritu del Adviento la hubiese revivido en las últimas semanas. Las botas sobresalían bajo su abrigo largo y en torno a ellas se volcaba la curiosidad de todos. Los veinte centímetros que había ganado su estatura habitual la habían rejuvenecido. Parecía menos encorvada. Tampoco se apreciaban síntomas claros del parkinson. Su nueva altura lo condicionaba todo. Por alguna misteriosa razón sus ojos eran más vitales, su peinado más juvenil. Definitivamente aquellas botas le quedaban bien. Cuando caminó hacia la iglesia lo hizo como una top model entrada en años. No había en sus movimientos ninguna torpeza, todo lo contrario. Eran su número, le quedaban como un guante.

Cerca de mí escuché decir a alguien que Doña Luisa había chiflau.

Subiendo las escaleras del pórtico, la octogenaria se volvió para mirarme. Sus pestañas postizas aletearon antes de guiñarme un ojo.

En aquel momento… y sinceramente, le deseé Feliz Navidad.

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