¡Oh, mortal!

No sé si sabrán -perdonen la confianza y las redundancias- que con la aparición de la fotografía aparecieron las fotografías de apariciones. El fotógrafo sentía una mirada ectoplasmática clavándose en su espalda y ¡flash!, allí estaba aquel ser cejijunto y borroso tratando de ocultarse tras las cortinas. En la era digital podemos encontrar, ocupando por completo el vano de las ventanas, fotografías de rostros gigantescos e impecable nitidez que observan a transeúntes difuminados, cejijuntos o no, y les sonríen o les sacan la lengua, les tiran besos, bizquean, abren sus ojos como platos o hacen muecas para morirse de risa.

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