No se preocupe

Yo sin poder moverme. Ella y Pepe. Ella me había recogido en la calle, me subió a un taxi y me llevó al hospital. Era casi de madrugada; el día había transcurrido desesperadamente, buscando una salida. La noche también. Llegó un momento en el que yo ya no sentía nada. Ella me recogió a pesar de todo. Era gorda y fea, pero con cara de esas de buena persona.

Me llevaron a urgencias en una camilla, me sacaron sangre para analizar y me dieron calmantes más que nada para que dejase de pensar. Decidieron ingresarme y me subieron a una habitación del piso segundo, en la que sigo. El cuarto está en la planta de medicina interna, donde te colocan cuando no saben lo que tienes. Estoy conectado a una máquina a través de cables y cables pinchados en mis músculos. La máquina debería encender pequeñas bombillas si mi cuerpo le diese alguna pista. Pero nada.

Aquí conocí a Pepe. Dormía a mi lado. Tampoco sabían lo que tenía. Tumbado, que fue como yo lo conocí mayormente, medía un metro cincuenta, más o menos. Era esmirriado, de edad aparentemente avanzada, cara chupada y muy poco pelo. Tenía los ojos metidos en el fondo de su cráneo y estaba todo arrugado.

Le habían ingresado apenas unos minutos antes que a mí. Cuando yo llegué, estaba hablando con Ella. Ella, sentada en la que sería mi cama, me saludó y les dio las gracias a los de la camilla.

Luego la enfermera le subió su ropa en una bolsa gris que azotó con desgana bajo su cama. Antes de irse me presentó a Pepe.

-Este es Pepe -dijo secamente- y éste es… -me preguntó mi nombre, pero no lo recordé.

Luego Ella -también se me ha olvidado su nombre- le estuvo dando ánimos hablando a su lado. Yo en la otra cama no sentía nada, ni podía moverme.

Al final Pepe le dijo a Ella que si hacía el favor de buscarle su calzado dentro de la bolsa, necesitaba ir al baño. Ella sólo encontró una camisa, un pantalón y una bota negra de cremallera, todo revuelto. Buscó la otra bota con esmero revolviendo en la mochila, pero no había más. Buscó debajo de la cama, pero no estaba.

-No se preocupe -dijo Pepe.
-Oh, no, no se preocupe usted, para mi no es ninguna molestia.
-No se preocupe, en serio.
-A lo mejor se le ha caído a esa enfermera, voy a preguntarle.
-No, no vaya usted.
-Sí, iré y le diré que le proporcionen unas zapatillas, no va a ponerse esas botas cada vez que quiera ir al baño, faltaría más.
-No, en serio, no se preocupe.
-Sí, iré.

Eso fue más o menos lo que hablaron. Luego él, antes de que Ella se fuera corriendo, dijo:

-Espere.
Destapó su cuerpo, cogió unas pequeñas muletas escondidas detrás de la cortina, puso su bota de cremallera y se fue a trompicones, con su pierna, al aseo de al lado. Sin decir nada.

Ella  le miró mordiéndose el labio inferior, con los ojos como para llorar y la voz temblorosa. Le dijo:

-Iré y le diré a esa enfermera que le proporcionen una zapatilla -cerró la puerta y se fue.

Después de aquel primer día, Pepe quiso hacerse amigo mío. Me daba ánimos, me aseguraba que para el próximo fin de semana ya estaría otra vez de fiesta con mis amigos. Pero yo ni le miraba. La máquina me atraía, por lo menos al principio, y no podía dejar de concentrarme en ella esperando alguna noticia de mí mismo, amodorrado por las pastillas.

Lo que si recuerdo es que Pepe había perdido la pierna en la Guerra Civil siendo crío.  Ahora estaba en el hospital porque durante dos días enteros tenía una fiebre espantosa que luego le bajaba otros dos días enteros, para volver a subir transcurrido ese tiempo. Llevaba así unas tres semanas, y al final, muy a su pesar, decidió venir a consultarlo. Lo ingresaron casi inmediatamente. La medicación restó la fiebre, pero luego le costó mucho moverse. No sabían lo que tenía.  El sostenía que aquello era el síndrome de Matusalén. Cada vez que tenía uno de aquellos procesos febriles, su piel -decía, y yo lo comprobé- se arrugaba sobre las propias arrugas. Ya sin fiebre el proceso era parecido.

A mí, al contrario que a él, las pastillas me hacen engordar, mi piel se dilata y algo se hincha bajo ella, los músculos se abren y al volver a cerrarse sobre sí mismos fabrican pequeñas estrías en toda mi piel.  Me hincho con el paso de los días mientras mis músculos laten por ahí abajo sin darme más señales que lo que puedo ir descubriendo con mis ojos.

Un día llega aquella enfermera, a primera hora, a las ocho, cuando solían venir a bañarnos.

-Pepe, vete preparándote que pa hoy tienes una lavativa- le espetó al entrar.

Nos lavó con el paño estropajoso y se fue. Volvió a la media hora con una garrafa grande y transparente, cargada de líquido. Tenía un grifo incrustado y de ella salía un tubo largo. Le metió el tubo por el culo y abrió el grifo. La garrafa, colocada sobre la cama, era como la mitad del cuerpo de Pepe. El agua se metía en sus intestinos durante veinte segundos. Al cabo de ese tiempo la enfermera cerraba el grifo y esperaba un minuto que aprovechaba para dar unas caladas a su cigarrillo en el cuarto de baño.  Cuando acabó de vaciar la garrafa le dijo a Pepe que esperase un segundo que ahora volvía para llevarle al servicio.

Pero Pepe, al irse ella, comenzó a moverse inquieto en la cama.

-¿Qué sientes? -le pregunté.

El no me contestó, echó las manos a la barriga y evacuó fluidamente después de un fuerte estruendo anal. Algunos goterones buscaron salida entre las sábanas y se pegaron en el suelo y la parte baja de la pared.

Durante una hora no vino nadie. Pepe no se movió ni dijo nada en todo ese tiempo. Miraba hacia la ventana de su derecha, de espaldas a mí, embadurnado de mierda. Yo también miraba hacia aquella ventana. Jugué en mi imaginación con las formas de las manchas de los cristales, me vi reflejado a lo lejos, reconocí mi situación pero no asumí mi forma de globo. Volví la vista atrás en el tiempo,  a la última noche, recorrí todas las calles buscando algo sin éxito.

Al final, como no podía ser de otra forma, entró Ella al rescate.

-¡Ay Dios mío! -exclamó al ver a Pepe en aquellas circunstancias.
-Ay -dijo al verme a mí.

Llamó a la enfermera inmediatamente, pero por el telefonillo le dijeron que hiciera todo lo que estuviese en su mano que iban a tratar de localizarla. Que disculpase y que hiciese todo lo que pudiese.

Al final se decidió por Pepe.Le envolvió en la sábana. Le agarró como un niño pequeño y le llevó al servicio abrazándole fuerte con su nariz gorda metida de lleno sobre su propio cuerpo. Allí el agua sonó durante un buen rato. Al final se abrió la puerta y salió Ella.

-Le buscaré una nueva muda, sus muletas y su zapatilla.
-No se preocupe -dijo él-, en serio.

Le llevó su camisa y su pantalón enrollados, sus muletas. Luego buscó debajo de la cama, por todas las esquinas, pero no encontró la zapatilla, así que le llevó la bota farfullando y malhumorada.

Pepe salió al rato del cuarto de baño, todo arrugado, piel y ropa, pegado a sus muletas como un chicle. Fue hacia su cama a pequeños saltos sin dejar de mirar el suelo. No me miró ni me dijo nada. Se acostó con un gran esfuerzo y se volvió hacia la ventana.

Luego aquella mujer gorda y fea  pellizcó  todo mi cuerpo. Pellizcó con fuerza mi carne y la retorció sin apartar la vista de la máquina de las luces. Me pinchó con un alfiler que encontró en algún sitio alrededor de los sensores incrustados en mi piel. Los moratones en mi carne hinchada salían como hongos. Se impacientó y me abofeteó los brazos y las piernas sin parar. Se puso colorada del esfuerzo.

-No se preocupe. No siento nada -dije.

Al final me abofeteó la cara con todo su alma. Pero nada.

-Iré y le diré a esa enfermera que le proporcione una zapatilla -dijo a Pepe entre lágrimas.

Lloró desconsolada un buen rato sin que nosotros la animásemos en absoluto.

-Iré y le diré a esa bruja que comprueben tu máquina -me dijo a mí.

Pepe murió esa misma noche. Se murió gimiendo sutilmente.

Ella no ha vuelto por aquí.

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