¡Muévete compadre!

Sucede a veces, y más en estos tiempos, que los casos sin resolver se someten a una especie de ley. Una norma no escrita que decide cuándo un caso se convierte en un cangrejo. El asunto que nos ocupa es de este tipo; o sea, que como hecho criminal es perfecto y como caso, frustrante. Cuánto más interés muestra uno en resolverlo más retrocede.

Hay tres tipos de fiambres: los que aparentan estarlo, aquéllos que lo están para siempre y los que alguna vez lo estuvieron -que se lo pregunten a Lázaro. Tres tipos de muertos y al menos tres clases de féretros: los de bronce macizo bañados en oro de catorce quilates, los de madera de pino con herraje de plástico y últimamente los de cartón, más económicos y fácilmente incinerables. Existe, a su vez, una clara correspondencia entre la clase del hachedepé que está muerto sin remedio y la jonca que ocupa. Pero aquéllos que fingen o resucitan -no necesitando funeral a lo Federica ni pompas fúnebres- pueden terminar dando alaridos en una tumba prematura, asándose en un horno crematorio, fileteados dentro de una bolsa de plástico, etc. Siempre existe el riesgo de que un ñoqui certifique mal tu muerte o que dejes de hacerte el muerto demasiado tarde.

Hablo de un cuerpo que apareció decúbito dorsal, aparentemente sin vida, parcialmente ensangrentado, con los ojos ridículamente apretados y flojo de papeles. Balizamos los casquillos desperdigados y fotografiamos hasta la última cucaracha de aquel caserón que olía a fuqui-fuqui. Una vez en el depósito, y tras hacer de pinche del morguero, descartamos cualquier tipo de fauna cadavérica. Ni siquiera presentaba livideces y era difícil precisar si el cuerpo estaba frío o caliente. No pudimos datar la fecha de su muerte y sólo dimos por sentado que ésta se había producido por la falta de respiración y de pulso. No había marcas de estrangulamiento ni lesiones; tampoco ningún tipo de contenido gástrico. Las heridas de disparo eran chumbos falsos, fruto de un largo trabajo de maquillaje. La sangre que salpicaba el cuerpo venía a ser un chimichurri de agua, miel, colorante y salsa de chocolate. Le pintamos los dedos pero no hubo manera de pillarlo. Tampoco arrojó ningún resultado la balística, ni la toxicología ni ningún otro examen de laboratorio.

Un plumilla vino a sonsacarme sobre aquel “crimen” y se lo conté todo (asqueado con el aumento de los casos cangrejo, voy por ahí rajando demasiado). Anotaba con mal pulso y cierto rubor y soltó una ocurrencia para romper el hielo: quizás una orden ministerial le obligaba a dejar de tomar aire y quiso, simulando su propio asesinato, desaparecer del mundanal ruido para volver a respirar bajo una identidad suplantada. Vale tío, pensé yo, lo que tu quieras, pero la falta de un killer condena el caso al cajoneo y la autopsia lo ha hecho trizas. A ver quién es el valiente que va por ahí de esa guisa.

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