Mi expreso deseo

La tapa está abombada. Se abre gracias a unas pequeñas bisagras y el cierre tiene la forma de una concha de vieira diminuta. Se tira de ella hacia atrás con la uña y al soltarse produce un sonido seco.

Lo primero que veo es el «CARNET FERROVIARIO», con el águila de San Juan grabado en tinta plateada: «Una, Grande, Libre» tras él. En las garras, el yugo y las flechas; en las columnas, «Plus Ultra», y en el gran ojo que enseña su perfil, la mirada del Régimen. El carnet es «valedero para viajar por las líneas de esta red y de las concertadas con ellas» y pertenece a «D. Armando Solares Ojanguren, con el cargo de Jefe de Estación 1ª en el Servicio de Movimiento con residencia en Ribadesella – Puerto».

El 14 de julio de 1954 es cuando el director de la Compañía firma la renovación del carnet. Mi bisabuelo, por su aspecto en la foto, ya debe estar jubilado. Mantiene la boca cerrada, quizás a punto de abrirla en un movimiento un tanto desencajado que hace que medio labio inferior haga un pequeño quiebro. De alguna manera, es la foto exacta de un pensamiento interior. Su mirada abstraída es a la vez plácida, sin solemnidades de ninguna clase. El cuello cae en una lánguida papada encorsetada en el cuello de la camisa. Debajo del nudo de la corbata se acaba la foto.

Armando y sus pensamientos podían viajar por un cuarto del valor del billete a Pamplona, Ponferrada, Gerona, Salamanca o Madrid. A mitad de precio a Irún, Balbastro o Puigcerdá. El artículo 5º de las «Condiciones para su Uso», dice textualmente: «El carnet no da derecho a viajar en los trenes sino cuando la composición de éstos lo permita, ni ocupar asiento en tanto haya viajeros que lo necesiten a la salida de la estación de partida». Desconozco si mi bisabuelo usaba este privilegio. Mirando sus ojos soy capaz de comprender que no tendría ningún reparo en ceder su asiento cuando el tren se llenaba y él estaba de más. En realidad no sé nada más de su vida que lo que esta caja de puros contiene.

Dejo el carnet y busco el segundo estrato de esta biografía inacabada. Es un cuadernillo con las pastas de piel negra levemente acartonadas. No sé sabe muy bien por dónde ha de abrirse. Es idéntico por un lado y otro. Abriéndolo sin más, encuentro un pequeño listado con el aforo de los distintos vagones de mercancías. El A tenía capacidad para 2,80 toneladas, el K para 8. La caligrafía es exquisita y gótica, tallada cuidadosamente con la pluma hasta alcanzar una perfección extrema en el redondeo y los ángulos, en la inclinación calculada de cada letra. El papel es cuadriculado, amarillento como un papiro, y la tinta china dejó en él un rastro inmemorial.

Agujas de coser y hacer punto, alcanfor, armas de lujo, bálsamo, ballenas trabajadas, bacalao, bencina, cochinilla, coches desmontados, cocinas económicas, clavos, carburo, drogas, esencias comunes, estiércol, fideos, gasolina, huesecillos, incienso, manteca derretida, musgo, opio, orujo, papel fino de escritorio, prensas litográficas, piedra pómez, perdigones, petróleo, quincalla, queso, regaliz en extracto, ron, sidra, terciopelos, utensilios de cocina, vidrio roto, vermouk, yeso, zanahoria, zinc en bruto.

Las decenas de listados del cuaderno ayudan a imaginarnos a Armando en un trajín constante en el puerto, entre cajas con gallinas, cajas con conejos, cajas con pescado, ladrillos, metales, ropa, hortalizas y muebles. Corriendo de un lado a otro para revisarlo todo. En la libretilla también detalla las tarifas de cada mercancía y todas las estaciones, líneas y empalmes de la «Compañía del Norte». El precio del billete lo calcula en base a los kilómetros y a la Primera o Segunda categoría. Nunca escribe «pesetas» en el importe, sino «ptas», con un trazo tan elegante que convierte la horrible abreviatura en un vocablo digno.

En este mismo cuadernillo, como un añadido posterior, se desglosan con un lápiz de color lila, pero con letra que no es de su puño, las partidas de nacimiento de sus hijos con Leonor Rodríguez, su mujer. El primero de todos fue Arturo Antonio Alberto nacido «el 3 de abril de 1904 a las siete y veinticinco de la mañana del domingo de Pascua de Resurrección del Señor». En 1906 vio la luz del mundo Valentín José; en 1908 Paulino Celestino; 1911, Francisco Alfredo; 1913 la primera mujer: María Luisa Victoria (a la que yo llamaba Tatá); 1917: Alfonsa María Manuela, mi abuela.

Las partidas de nacimiento tan fuera de lugar, tan lejos del oficio ferroviario, terminan por difuminarse en un trazo del lápiz cada vez más desganado y superficial, como si los partos de mi bisabuela fuera agotando al escribiente.

Hay una cartera de cuero dentro de la caja, pero no contiene nada. Sólo en una de sus esquinas, enredado en el pliegue cosido, encuentro un cuarto de sello. Sé que es un sello por los bordes blancos y punteados; pero de un cuarto de sello no es posible esperar grandes explicaciones. Es sólo una mancha de color rojo y el trazo cortado de un dibujo que no es posible identificar ni deducir. Lo dejo con cuidado en la misma esquinilla que lo encontré. Imagino que en este lugar se guardó alguna carta importante y que éste es su único rastro. Ante todo soy respetuoso con las cosas que siguen existiendo y que por alguna razón se esconden.

Bajo la cartera hay un sobre. Una carta de Armando a Armando, escrita por un primo de mi bisabuelo: «Armando Ojanguren Abad, director de la “Academia práctica mercantil OJANGUREN”», especializada en estudios de «Primera Enseñanza» y otros cursos como los «preparatorios para ingreso en la Banca Privada». Todos estos datos figuran en letra de imprenta en el propio sobre, dando una aparente vocación comercial a la epístola. Pero éste no es el caso. La carta va dirigida a su primo, está fechada el 7 de julio de 1954 y es un pésame.

«Querido Primo:

En mi afán de hacerte una visita personal y acompañarte unas horas en el dolor porque estás pasando, fui retrasando el escribirte; los exámenes y la falta de profesores y el no disponer de un día completo fueron la causa de no haber podido realizar mi expresado deseo. Para qué te voy a decir lo que todos sentimos en esta casa el fallecimiento de Leonor, tú sabes muy bien lo que os queremos y lo que nos afecta realmente esta desgracia. En fin, querido Armandín, nos tienes a todos a tu disposición y pediremos por ella en nuestras oraciones.

En la primera oportunidad te haré una visita para darte un abrazo y procurar consolarte en este dolor que contigo compartimos. Haz extensivo este pésame a tus hijos y nietos.

Quedo siempre incondicional a tu disposición.»

Reparo de nuevo en la fecha. Es la segunda vez que se repite ese año en este ejercicio narrativo. El que fue su último carnet ferroviario había sido expedido también en 1954, concretamente una semana después de esta carta de pésame: el 14 de julio de 1954. Retomo su mirada perdida y esquiva, cabizbaja. Una mirada interior que ahora interpreto triste y en la que ha de estar muy presente el recuerdo de su esposa.

Continuo escarbando. «Manual de urbanidad y buenas maneras», editado en 1903. Es un libro poco grueso y de tapas duras; un clásico para la educación de la prole. Lo abro completamente al azar.«Fácil es comprender todo lo que los demás hombres tienen derecho a esperar de nosotros, considerando cuán necesarios nos son ellos, a cada paso, para poder sobrellevar las miserias de la vida, contrarrestar los embates de la desgracia, ilustrar nuestro entendimiento y alcanzar, en fin, la felicidad, que es el sentimiento innato del corazón humano.»

Un sobre más. Dentro hay una carta. El firmante es un tal Angel Bravo. Fue escrita con pluma y puntillosa caligrafía a finales de 1939, lo que nos coloca quince años antes de la muerte de Leonor y recién finalizada la guerra, cuando el país sufría la represión de los vencedores. Desconozco el papel de Armando en la contienda y no pretendo desvirtuar el contenido de la caja de los «25 Selectos» con información extraordinaria que ella misma no nos quiera aportar o nos aporte de forma sesgada. Leyendo la carta cada cuál puede extraer sus conclusiones.

«Estimado Armando:

Que sea enhorabuena pues acabo de enterarme que su expediente ha sido resuelto favorablemente sin sanción alguna, habiendo llegado ya a este destacamento. Lo comunicarán tan pronto llegue el teniente, que será mañana o pasado.

Celebraré que su mujer mejore. Le abraza su amigo.»

De este breve escrito se deducen al menos dos cosas. Una, que ya en 1939 mi bisabuela no parecía gozar de muy buena salud. Dos, que mi ejemplar bisabuelo se había visto envuelto en un expediente del que salió bien parado y que necesitó el concurso del teniente y el sello de las fuerzas vivas para ser resuelto. Quizás por eso la carta se guardó con celo y ha sobrevivido ochenta años, como si Armando necesitara tenerla a mano para recordar -o usar en su defensa- esa frase literal: «su expediente ha sido resuelto favorablemente».

Pero queda alguna cosa más en su interior. Una pequeña caja de metal que contiene trece puntas de plumilla sin estrenar. La marca es «IRIRDINOID», en su mayoría de la clase «777EF, C. PERRY, ENGLAND»; quizás sus preferidas, con las que sigue vivo en las letras góticas que talló junto a su alma en el papel.

En una esquina trata de esconderse un botón orondo, dorado, con el relieve de una locomotora muy antigua que echa borbotones de humo…

Es cierto que en más de una ocasión me he sorprendido a mí mismo narrando historias de trenes, sobre todo historias relacionadas con trenes que se pierden, en clara alusión al tiempo que se nos escapa y a las oportunidades perdidas. Y ahí está siempre el Jefe de Estación, dueño absoluto de nuestro destino, que se atusa la chaqueta y se ajusta el gorro antes de levantar la bandera y dejar que el tren siga su camino.

Me lo imagino siempre así, dueño de su oficio, aunque un jefe de estación siempre sea algo más. En mi caso la caja de puros está ahí para recordarme que alguien de su familia, alguien como yo, debe leerlo todo con calma, sentir admiración por sus antepasados y luego volver a dejarlo todo en el mismo sitio que lo encontró.

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