Mi expreso deseo

La tapa está abombada. Se abre gracias a unas pequeñas bisagras y el cierre tiene la forma de una concha de vieira diminuta. Se tira de ella hacia atrás con la uña y al soltarse produce un sonido seco.

Lo primero que veo es el «CARNET FERROVIARIO», con el águila de San Juan grabado en tinta plateada: «Una, Grande, Libre» tras él. En las garras, el yugo y las flechas; en las columnas, «Plus Ultra», y en el gran ojo que enseña su perfil, la mirada del Régimen. El carnet es «valedero para viajar por las líneas de esta red y de las concertadas con ellas» y pertenece a «D. Armando Solares Ojanguren, con el cargo de Jefe de Estación 1ª en el Servicio de Movimiento con residencia en Ribadesella – Puerto».

El 14 de julio de 1954 es cuando el director de la Compañía firma la renovación del carnet. Mi bisabuelo, por su aspecto en la foto, ya debe estar jubilado.

Dejo el carnet y busco más. Encuentro un cuadernillo de hojas amarillentas. La letra en tinta china es envidiable. Transcribo con peor caligrafía:

Agujas de coser y hacer punto, alcanfor, armas de lujo, bálsamo, ballenas trabajadas, bacalao, bencina, cochinilla, coches desmontados, cocinas económicas, clavos, carburo, drogas, esencias comunes, estiércol, fideos, gasolina, huesecillos, incienso, manteca derretida, musgo, opio, orujo, papel fino de escritorio, prensas litográficas, piedra pómez, perdigones, petróleo, quincalla, queso, regaliz en extracto, ron, sidra, terciopelos, utensilios de cocina, vidrio roto, vermouk, yeso, zanahoria, zinc en bruto.

Las decenas de listados del cuaderno ayudan a imaginarnos a Armando en un trajín constante en el puerto, corriendo de un lado a otro para revisarlo todo. El precio del billete lo calcula en base a los kilómetros y a la Primera o Segunda categoría. Nunca escribe «pesetas» en el importe, sino «ptas», con un trazo tan elegante que convierte la horrible abreviatura en un vocablo digno.

Hay muchos más papeles en los «25 selectos», la caja de puros donde fue guardando algunas de sus cosas. Más asuntos que retoman la vida de mi bisabuelo; asuntos más íntimos que no voy a contar y en los que se entremezclan cifras, duras monsergas oficiales o palabras de pésame. Papeles relativos a la compra de su casa, al nacimiento de sus seis hijos o a la muerte de su mujer. Papeles que sólo a su memoria pertenecen.

Es cierto que en más de una ocasión me he sorprendido a mí mismo narrando historias de trenes, sobre todo historias relacionadas con trenes que se pierden, en clara alusión al tiempo que se nos escapa y a las oportunidades perdidas. Y ahí está siempre el Jefe de Estación, dueño absoluto de nuestro destino, que se atusa la chaqueta y se ajusta el gorro antes de levantar la bandera y dejar que el tren siga su camino.

Me lo imagino siempre así, dueño de su oficio, aunque un jefe de estación siempre es algo más. En mi caso la caja de puros está ahí para recordarme que alguien de su familia, alguien como yo, debe leerlo todo con calma, sentir admiración por sus antepasados y luego volver a dejarlo todo en el mismo sitio que lo encontró.

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