Letras en una cajetilla

Lo recuerdo febril y malherido, acosado por el dolor, sin escapatoria.

Aún resultándome banales, soy capaz de recordar casi de memoria decenas de sus primeros escritos y momentos básicos de su vida. Los recuerdo precisamente por su absoluta inoperancia literaria.

Durante largos años me tocó asistir a la decadencia de su vocación frustada. No pasaban más de cuatro días sin que él me recitase su último poema. Hubo una temporada en la que le dio por los diálogos dramáticos. Su alter-ego hablaba con voz desgarrada, tosía y carraspeaba; él conservaba una voz inmaculada.

En fin. Fue escrupuloso y puntilloso hasta la muerte, aunque sus personajes siempre sobre actuaban demasiado.

Me muero. Yo estaba presente, quiso que lo trascribiese tal cuál.

En la agonía aún le intereso rectificar. Con voz de ultratumba me dijo: añádele unos puntos suspensivos. Me muero…

Como su agonía aún se demoró unas horas después de aquello, aún tuvo tiempo para volver abrir los ojos y corregirme con furia: será mejor que le quites los puntos suspensivos y pongas unos paréntesis. Su voz era tan débil que aún hoy dudo haberlo entendido (Me muero)

Ese fue su testamento literario, su último aliento.

Conservo en mi poder manuscritos mínimos de otra época más féliz en la que se veía tentado por el ensayo y la crítica literaria. Es una obra fragmentaria y en cierto modo sentimental, disgregada en folios minúsculos perfectamente doblados al medio y con fecha y firma al dorso. En uno de ellos, precisamente, habla de los paréntesis. Dice de ellos que no son apropiados para la narrativa pues suelen sacar a la luz profundas carencias estilísticas del autor. Llega a decir que los argumentos que incluyen paréntesis son una burla y un acto de mala fe.

Y esto lo escribió en un papelillo de apenas diez centímetros de largo, plegado y ordenado junto a otros en el interior de una cajetilla de tabaco que hacía las veces de archivador.

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