La última etapa

Había llegado a la meta volante en las mejores condiciones y la disputé al sprint. Saqué un seis con el dado y el líder de mi equipo, Bernard Hinault, que también era el primer clasificado de la montaña aquella mañana de sábado, ganó la meta volante y se colocó a más de diez casillas de ventaja de La Guía y Vicente Velda, dos corredores de mi hermano.

Aquella vez habíamos dibujado un circuito cargado de desniveles aparentes, con muchas curvas y en pendiente, hacia la parte alta del patio de mi abuela, donde estaba el viejo pozo que habían tapado con una plancha de metal para que no nos cayésemos dentro. La etapa estaba perfectamente marcada con tiza, y habíamos pintado más casillas que nunca, dejando apenas un dedo entre cada una. Se trataba de la etapa reina, 1.200 kilómetros de alta montaña.

Así estaba la carrera: Bernard Hinault parecía que iba a imponerse con autoridad, habría que sumar 50 puntos a la general y 12 a la clasificación de la montaña, con lo que a buen seguro, cuando se cumpliese la última etapa del Tour, la semana próxima, podría alzarse sin problemas con el maillot amarillo.

Pero quedaban apenas 30 casillas para la meta cuando irrumpió en el patio toda la tropa. Mi madre los había dejado pasar a todos: Juan, Jaime, Lolo, Richi, Maxi y Rafa. Llegaban fuera de sí y Maxi llevaba algo escondido debajo del jersey. Antes de que nos pudiésemos dar cuenta, alguien había pisado a Hinault y a sus perseguidores. Los ciclistas se retorcían en su agonía fuera ya de la carrera.

Como todo estaba perdido y éramos líderes de la resignación, mi hermano y yo ni siquiera supimos enfadarnos, sólo mostrar nuestro interés por aquel bulto que sobresalía debajo del jersey de Maxi, y así salir al paso. ¿Estás embarazado?, quisimos saber.

Se trataba de un tarro de cristal. Adentro se retorcía una salamandra abierta en canal con decenas de salamandrinas por doquier.

-La encontramos en la Cabaña del Tío Tom (que era como llamábamos a la casa abandonada del tío Antonio, que era tío de Jaime) y llevamos dos horas operando -dijo Lolo.

Las crías eran repugnantes. Para mí fue una inquietud doble, en primer lugar porque siempre me desagrada la visión de una salamandra, y en segundo lugar porque aquellos bichos diminutos y viscosos que se despedazaban a su alrededor no me parecían posibles. Se me vino a la cabeza la serie de alienígenas que echaban por la tele, lagartos que mutaban en el cuerpo de los hombres y escondían sus membranas de reptil para descubrirlas poco a poco en una nueva metamorfosis, quitándose el pellejo humano y asomando su lengua viperina en el momento de la verdad.

En realidad no esperaba que la reproducción de las salamandras fuera así, pero sabía muy poco de cualquier tipo de reproducción, y sólo hasta que años más tarde presencié en directo como paría una vaca, cualquier tipo de parto de los que hablaban los libros me parecían una aberración y me volvía a recordar la serie de los lagartos. Con respecto a las salamandras tenía una idea fija, como otras muchas mal elaboradas en aquellos años: las salamandras se reproducen por huevos diminutos y apenas visibles como los de los insectos. Días después abrí la enciclopedia de la naturaleza del salón, en el capítulo que hablaba de los anfibios, y descubrí que no, que dependiendo de la zona, desde diciembre a febrero, la madre puede dar a luz hasta 86 larvas, pero que normalmente las puestas son de unas 30 o 40 larvas envueltas en una membrana de la que se sueltan rápidamente. Según decía la enciclopedia las larvas son de aspecto robusto con la cabeza muy ancha, y desde que nacen ya poseen las cuatro patas desarrolladas y nadan a la perfección.

Mi primera impresión ante las crías había sido falsa, pero yo no sabía entonces que lo era. Tampoco creo que sirva de mucho la verdad frente al asco. Mantener la vista en aquella abominable sangría de anfibios fue un reto demasiado grande en aquel momento, y supongo que llegué a ponerme amarillo con riesgo de vomitar el desayuno. Como para sacarme del apurón, mi hermano les dijo a los otros que podían soltarlas ya, allí mismo, en el patio, en la maleza húmeda que rodeaba el viejo pozo. Nadie pudo o supo negarse y se procedió a la suelta de alevines con una acto protocolario a cargo de Rafa, que llegó a decir: “polvo sois y en polvo os convertiréis, salamandritas malditas”.
………….

Aunque mi hermano estudió biología años más tarde, no mostraba por aquel entonces síntoma alguna de vocación precoz, e igual que me ocurrió a mí, no fue capaz de volver a dibujar nuevos circuitos para jugar a los ciclistas en aquel patio.

Pasó el tiempo y pasamos de la escuela al instituto inevitablemente, como un ciclo de naturaleza que debiéramos cumplir para salir de los patios (el de mi abuela, el de la escuela, el del Tío Tom…) al mundo.

Nunca llegamos a hablar de ello, pero allí se quedó Hinault sin que hiciésemos nada por él, tullido y con aspiraciones de líder, frustrado por unas cuantas salamandras enanas que iban creciendo por allí cerca. Aquella fue la última etapa de un Tour que nadie ganó. Eso sí, nos molestamos durante unos días en volver a recuperar la virginidad del patio por si fuese posible retomar nuestros juegos. Cuando atardecía, buscando un hueco horario en el que nadie nos prestaba atención, quitábamos la tapa del pozo. Así se quedaba toda la noche, abierto a la luz de la luna. Por la mañana temprano lo volvíamos a cubrir antes de ir al colegio.

Teníamos una esperanza: que durante la noche los bichos se metiesen en el pozo y se quedasen allí encerrados. Repetimos la operación durante tres noches por temor a que las dos primeras veces la trampa no hubiese funcionado.

Nunca las volvimos a ver merodeando por allí, pero se metieran en el pozo o no, el patio quedó profundamente contaminado desde entonces, envenenado de muerte, y nuestro afecto infantil hacia él se tornó inseguro y turbio, lo mismo que las aguas que se presumían metros abajo en el pozo. También recuerdo que tirábamos piedras para comprobar su profundidad y sonaba un chapoteo minúsculo al contar cinco. No veíamos nada, solo un túnel negro y vertical que parecía no tener fin, un abismo que hoy en día sigue inútilmente cubierto con la misma chapa, ahora oxidada y cubierta de malas hierbas.

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