La tristeza de Maslow

Un amigo me contaba que se entristecía haciendo suyas las tristezas ajenas aunque no había en su entorno cercano nada de lo que entristecerse. Su familia bien, gracias, el trabajo también, sus relaciones interpersonales, incluido el amor, perfectamente bien. Su único problema es que se ha encaprichado con la tristeza, quiere ser el hombre más triste del mundo para sentirse solidario.

El caso de mi amigo me trajo a la memoria la época de la facultad, aquellas clases en las que nos explicaron la pirámide de la motivación de A. Maslow. La teoría era muy fácil: el que no tiene para comer no suele preocuparse de nada más que de conseguir alimento, el que come busca seguridad continuada, previsión, supervivencia. Una vez alcanzada puede llegar la amistad, el sexo, el cálculo, los pensamientos más abstractos… La autorrealización es el último escalón, la cúspide, y suele estar motivada por necesidades superiores y complejas. Cuanto más superior es la necesidad  menos imperativa es la supervivencia.

Seguro que mi amigo tiene necesidades superiores complejas que le llevan a realizarse en la tristeza imaginando que no tiene ni para comer.

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