La plenitud

“El pollo rebozado siempre humea demasiado”, llegó a musitar para sí después de sufrir un fuerte ataque de acidez que casi le hace vomitar. Llevaba el olor de esa última cena impreso en su piel y ahora también en las sábanas, que más parecían un sudario. Se pasó toda la noche despierto y con el corazón acelerado, obsesionado con otras maneras de cocinar un pollo que no fueran friéndolo. Hasta tal punto lo pensó que creyó que despertaba. Que despertaba al alba con el canto del gallo.

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