La caja de porcelana

Como un gato moribundo que ya no espera misericordia, sarnoso, panza arriba, al sol, incapaz de espantarse las moscas con el rabo, la caja de porcelana se iba consumiendo de la misma manera. Su piel era de porcelana, pero le picaba a rabiar y se resquebrajaba por los rayos justicieros que entraban por el ventana.

Llevaba cociéndose y retorciéndose de dolor siete días exactos; sobre la mesa baja de cristal que está en el salón, colocada frente al pez de cristal, los cisnes bañados en oro y cuatro cajas más de porcelana.

Acogí una fiesta hace hoy siete días. Fue en el transcurso de la misma cuando la vi por primera vez. No sabría decir a quién pertenecía, aunque está claro que a alguien de la fiesta, pues desde entonces nadie ha entrado en este piso salvo yo mismo.

Aquella reunión entre colegas no significaba nada para mí. Alguien la había organizado sin contar conmigo, considerándose en el derecho de disponer de mi casa por trabajar en un despacho adjunto. Ni más ni menos. Lo que no recuerdo es quién tuvo aquella estúpida idea. Yo tenía bastante con aguantar mis copas y seguir sintiéndome dueño del sofá. Los demás charlaban de pie, y más de uno me miró tercamente y advirtió a otros de mi actitud. Pero nadie me recriminó nada directamente. Hablaron hasta que se hartaron y yo bebí sentado hasta la hora que me dio la gana. Cuando todos se fueron aún seguía sentado.

Por momentos sí recalé en la caja de porcelana; fue la única vez que lo hice hasta el día de hoy. Casi no tenía decoración, ni juntas, ni añadidos de otros materiales. Era negra completamente menos un parte de la tapa que tenía un baño de plata a modo de guirnalda, nada pomposa y mínima.

A pesar de la atracción momentánea que suscitó en mí, la olvidé de repente. Paseaba por la casa como un clon hueco, sin nada en qué pensar ni nada qué hacer, y sin dormir. La caja de porcelana seguía estando en aquella mesa y yo seguía sin verla.

………

En el tiempo que se tarda en apurar la última caña de bar de barrio entró uno de esos sordomudos que te dejan un llavero, un mechero o una figurilla con una nota adjunta en la que habitualmente ha escrito poesía o reflexiones, suyas o de grandes pensadores. A mí me tocó un mechero, lo que por un momento me llevó a la idea de volver a fumar.

“En la caja de porcelana guarda el hombre su alma, en la cama se siente sólo, en la vida nada le calma”.

Me sobresalté, pero no por lo que inicialmente se pueda pensar. La idea de la caja de porcelana seguía vacía de contenido. Sólo me había detenido una vez a mirarla distraídamente, no significaba nada en mi vida. Lo único que me cautivaba de la nota era aquella caligrafía extraordinaria. El mensaje seguía en medio del océano, dentro de una botella, perdido de forma irremediable.

Le compré el mechero al sordomudo y de camino a casa me agencié un paquete de tabaco. En una mano la nota, en la otra la cajetilla. Iba a diseccionar aquella letra con paciencia, fumando cigarro tras cigarro. Primero descubriría la psicología del sordomudo y luego haría pruebas con la mía para saber qué me estaba pasando.

Saqué de la estantería el manual de grafología básica. Estaba allí dormido, acumulando polvo. Lo abrí al azar una vez y otra más, anoté aleatoriamente dos de aquellas citas que me salieron al paso:

Un ambiente gráfico es positivo cuando las letras presentan un orden, una continuidad, proporción y equilibrio constante, esto es, cuando reflejan espontaneidad y armonía.

Esto se ajustaba a la nota del sordomudo. Mis notas, al contrario, pecaban de inflamientos desagradables.

Inflamientos: Es la tendencia que tiene algunas letras a tomar un volumen exagerado. Se produce comúnmente en zona inicial y en letras de óvalos y bucle. Esto indica imaginación, falta de sentido en la apreciación de la realidad, entusiasmo, vanidad.

Descubría mi abundancia de inflamientos en el propio texto que había trascrito sobre los inflamientos. Endiosaba las F, las A, las Z, las O, las B, las V. El manual confirmaba mis sospechas y eso me exasperaba. Comencé a hacer garabatos en mi cuaderno y no paré de hacerlo hasta horas más tarde.

Iba a anochecer una vez más. Aún había hielo firme en mi copa y el humo salía del cigarro cuando de repente uno de los últimos rayos de luz de aquel día se coló por algún lugar inverosímil de mi apartamento y me dio en los ojos. Tarde en darme cuenta de que el sol no se dirigía a mí directamente. El haz de luz rebotaba en la guirnalda de plata de la caja de porcelana negra. Por fin me había deslumbrado, me llamaba directa y francamente, insistía…

Ay, la caja de porcelana… Un momento de intensa claridad me susurró que ya nada volvería a ser igual, que cuando la abriera llegaría al fondo de mi mismo.

La cogí como se coge un bebe, la abrí con el tiento solemne que se exige en cualquier ceremonia…

Allí dentro no había nada. Nada de nada, y sin embargo un resol se había adueñado del aire y junto a las partículas de polvo vi flotar algunas de mis primeras palabras, imágenes de mis sueños que revoloteaban y parecían brotar de la propia caja, incluso escuché, y no pude hacerme el loco como siempre, el eco de algunas de mis conversaciones, cuchicheos idiotas, secretos, el ajetreo de la vida que se me había ido.

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