Intachable

Yo, señor, no soy malo como escribano. Aunque tengo el bigote cano y amarillo y principio de artritis en mis dedos, soy capaz de teclear cien palabras por minuto y acertar a sacudir la ceniza en una lata de cerveza que va y viene sujeta al carro largo de mi hispano-olivetti. Nunca me sorprende una historia por lo mismo que jamás las teclas se mueven de su sitio. Al tacto reconozco un relato real o fingido, una vida colmada o una que se quiere quitar de en medio. Nunca escribo anónimos y jamás firmo con mi nombre a no ser que sea el autor, algo que nunca he sido y que no entraba en mis planes hasta el día de hoy.

Bien sé que hoy me levanté con el pie izquierdo, cansado de leer entre líneas con el humo del tabaco secándome la córnea. Pero si firmo esta renuncia no es por hartazgo, no señor, es para evitar que entre la tinta en las heridas.

¿Ha probado alguna vez a tachar un nombre propio tecleando reiteradamente la x? ¿No se ha figado en el borbotón sanguino que emana de las letras? Si más tarde quiere eliminar mi rastro, hágalo por favor con typex.

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