Hormigas

Me quedé como bobo viendo corretear las hormigas por el jardín con la comida a cuestas. Imaginé que en pocas horas llovería a cántaros, que habría que darse prisa. Me puse en su pellejo y alejé de mi cabeza la idea de pisotearlas y ahorrarles tanto esfuerzo. Esa misma noche soñé con un hotel. Al parecer yo era el director. Para salir de mi despacho tenía que ascender por una ridícula escalera en espiral, estrecha y temblorosa. Alcancé un enorme vestíbulo y me reflejé en montones de espejos a la vez. En el sueño fui un tipo bastante más alto y desgarbado. Vestía bien, sin un kilo de más; tenía el pelo engominado y un rostro borroso.

Las palabras se rompieron con gravedad cuando le pregunté al recepcionista por la ocupación del hotel. Levantó la vista con un gesto de pocos amigos que resultó ser mío.

– Estamos completos, señor – se limitó a decir con mi voz.

Después (o puede que antes), pasé revista a las instalaciones con ese cuerpo desmesurado y unos pies demasiado grandes y torpes. Crucé salones de cuyas paredes húmedas se despegaba el papel pintado repentinamente. Atravesé pasillos estrechos ayudado de un candil de aceite. Mi tremenda sombra se proyectaba por doquier. A patada limpia tumbé las puertas de las habitaciones para comprobar que las camas estaban hechas, las toallas bien dobladas con el logotipo del hotel visible y los amenities del baño en el sitio correcto (en uno de estos baños incluso decidí afeitarme, pues recuerdo la cara un poco más nítida y angulosa frente al espejo, y unos ojos grises de extranjero en primer plano, y el semblante lánguido y despreocupado mientras me cortaba el cuello con la maquinilla). He de señalar que los dormitorios, los cuartos de baño, los pasillos, las salones… estaban abarrotados de huéspedes a los que saludaba de forma correcta y rutinaria. Todos tenían un aire familiar aunque apareciesen ante mí como espectros a la luz del candil. Sólo al salir al jardín, bajo el sol de un día luminoso, empecé a reconocerles. Estaban allí mis enemigos, mis amigos, mi familia. Los compañeros de trabajo y de copas, aquéllos que sólo había visto en contadas ocasiones, rostros que me resultaban familiares y a los que no podía poner nombre, tipos a los que hacía mil años que no veía e incluso los que ya habían muerto. Todos en un mismo sueño (nunca pensé que fuesen tantos). Estaban bajo la carpa, sentados en los peldaños del kiosco de la música, a la sombra de los árboles centenarios, en cuclillas, agazapados tras los setos. Podía distinguir los detalles más nimios de la escena con una visión sorprendente. Me recreaba en sus arrugas y en el brillo inmóvil de su piel, en las miradas congeladas, en sus gestos quietos, en las lágrimas suspendidas en el aire…  Daba la sensación de que todo estuviese a la espera de cosas ya sucedidas.

Alguien me sujetó por el brazo. Su tacto fue gélido e inoportuno. Era el recepcionista, o sea yo. Venía a hacerse cargo de mi maleta, según me dijo, y también a entregarme las llaves de mi habitación. Pero de qué habitación y de qué maleta me hablaba aquel majadero si yo era el director. Me enfrenté a él(mí) con dureza y le(me) grité. Él(yo) tragó(é) saliva y  trató(é) de dirigirse(me) a mí, pero le(me) mandé a la mierda antes de que abriese la boca. Incluso levanté mi mano derecha amenazándole(me). Fue entonces cuando me dí cuenta de que mi mano sostenía una pesada y abultada maleta; quizás hubiese cargado con ella durante todo el sueño. Le(me) pedí que hiciera el favor de cogerla y acercarla a mi habitación, incluso le dí una propina después de que me entregase las llaves de la habitación. Mi cambio de actitud fue tan brusco que me esforzaba en comprender lo sucedido, y traté de replantear mi sueño bajo un punto de vista lógico, pero sufrí por ello un vértigo repentino, una especie de alerta atávica que no me dejó seguir por ese camino. Puede que así se sientan los insectos cuando tratan de cuestionar sus conductas, pensé; puede que algo externo a ellos les llame al orden cuando se muestran díscolos. Para el buen funcionamiento de un hormiguero, por ejemplo, todos los individuos deben mantenerse bajo el yugo de un instinto común. De esta curiosa forma, reflexionando con vaguedad sobre estas cuestiones,  se colaron las hormigas en mi sueño. Las imaginé entonces congregadas bajo una señal de alarma, con el objetivo inminente de unir todos sus cuerpos para sortear un gran agujero en el terreno. También yo comencé a sentirme parte de ellas, parte de un organismo gigantesco con cientos de cabezas y patas moviéndose al unísono. Fue un trajín sobreexcitado que, sin embargo,  cesó de repente e inevitablemente. Ya no había el más mínimo movimiento. Habíamos construido con nuestros cuerpos un puente tan completo que todas las hormigas estábamos inmovilizadas para mantenerlo en pie. Ninguna lo atravesaba. Ninguna podía llegar al otro lado.

Fue la llave dentro de mi puño la que me devolvió al sueño genuino y a mi rol de director. Definitivamente todo el mundo se había mudado a mi hotel y a mí no parecía importarme que algunas de aquellas personas fuesen las más odiosas y antipáticas que había conocido (y que aún conocía), ni que estuviesen allí esos amigos del pasado con los que siempre he tratado de reconciliarme mientras duermo pero con los que jamás tendré consideración de otra forma. Debía alojarlos a todos, darles de comer, atender sus necesidades y ser cortés en todo momento. Las copas de los árboles se mecían por un aire cálido (puede que irrespirable) que trajo un lluvia súbita y poderosa. Mis pies estaban desnudos sobre la hierba y continuaban siendo demasiado grandes (puede que no tanto). Me acerqué a aquellos seres para sentirme parte de ellos y dejé que me diesen coba con sus antenas mojadas. Mis amigos (algunos del alma) no pudieron evitar comentarios agudos (a la vez que francos) acerca de cómo iba a poder hacerme con las riendas de todo aquello. Fue entonces cuando cambié de estrategia y comencé a actuar como si todo me resultase indiferente, como un ser amnésico (puede que escéptico) que no puede (o no quiere) hacer que el resto del sueño sea recordado.

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