Finjamos que es el fin

Manejaba su viejo Chevrolet con rostro nítido tras el volante. La piel seca y más arrugada que el codo de las momias, el corte del traje pasadísimo de moda, el habano escupiendo volutas fantasmagóricas… En fin, todo tal y cómo recordaba(mos).

Y como más vale humo que niebla, a su paso ahuyentaba la calima con densas bocanadas. “¡Es él!”, aulló Humberto, que presume de buena vista. Y todo el mundo se esfumó aterrorizado: los trovadores y las abuelas que hacían calceta a su lado, los escribanos con sus viejas olivettis, los guitarristas, los jugadores de ajedrez, las divas, los chicos putos y los bienandantes. Todos corrieron despavoridos bajo la luz del sol como monos con peluca. Humberto también huyó dejándome solo.

Cuando el carro llegó frente a mí – mil doscientos años después -, le miré a los ojos a sabiendas de que no los tenía. Por eso se mostró esquivo y nada hablador, ni nada ebrio, ni nada “recién salido” de esa “tumba con árbol que me dé sombra” que nunca pudimos comprarle.

Senté el culo junto a él. “¿Te importa que me descalce?”, pregunté sin importarme que contestase. Le tomé prestado el habano y le hice una carantoña para romper el hielo, pero el cabronazo no pudo contener las lágrimas y me llamó “hijo” de forma pintoresca.

“Porque los tiempos de mejor vida fueron los que tú me diste”, ¡ejem!

Pasaron otros mil años. En sus casas todos roncaban al revés arrullados por aquel motor al ralentí mientras yo le vacilaba y alardeaba con las novedades de mi puta vida. Pero algo no le pareció correcto en mi lenguaje porque torció el gesto y metió la primera marcha como quien clava un puñal a Julio César.

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La recta más larga tenía diez metros, con cambio de rasante cada cinco centímetros, los coches del carril contrario nos deslumbran con las luces largas… el olor a habano, las cuencas de sus ojos, el estómago revuelto… buscando el accidente en cada curva, frenando a destiempo mientras la noche seguía transcurriendo al revés, cada vez más cerca del atardecer.

Hubo un único alto en el camino con la disculpa de estirar las piernas aunque él no las tuviese; a mí me vino bien para echar la raba sobre una cactácea. Los intestinos se quedaron clavados a las espinas. “¿Te importa que conduzca yo?”.

Y en el crepúsculo más ensoñador, cuando los viejos chevrolet, sean del color que sean, lucen sus bellos contornos como naves interestelares, atravesando el espacio infinito con la prisa de los caracoles… En ese momento, y también mucho después, yo conduje sediento, en shock, absorbido por las estrellas, sin mediar palabra y sin desviar la mirada para no comprobar que ya no había humo, ni nada que se pareciese a un habano apagado en el cenicero.

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