En las casas

Mi portal tiene el riesgo necesario. De noche te acercas a él con el corazón en un puño y sigues por las calles de más arriba mirando los patios, sabes que te acercas y caminas más rápido, no dejas sombra y el silencio te asfixia. Llega un momento que tu respiración suena mucho más alto que el resto de las cosas. Apenas hay luces encendidas en las casas. Las  farolas, muy abundantes, están otra vez muertas, silenciadas por una niebla que lo cubre todo de la cabeza humana para arriba, como casi todas las noches.

Casi todas las noches son igual, buscas el riesgo porque crees que es algo importante, pero si caminas por una nueva ruta puede verte algún vecino, comentar después que mantienes una actitud preocupante, paseando de noche por calles que nunca pisas. Qué raro.

Casi todas las noches son así en mi pueblo, pero asumes el riesgo  de resultar un individuo sospechoso en tu propio pueblo y al final no serlo… o serlo.

Y de repente, traspasas una línea fronteriza y ya no importa. Dejas de palpitar y no vas de puntillas. Pisas sin vergüenza, levantas la cabeza  y te sacas las manos de los bolsillos. Mi portal está cerca,  y me convierto en algo más infantil que un niño, con la absoluta certeza de que todas aquellas casas, todas aquellas gentes, deben de ser muy felices.

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