En la memoria

De niño anotaba con detalle los sucesos del día pero siempre iba al fondo de la cuestión, es decir, a los hechos puros. En sus primeras líneas abundaban los verbos de toda condición, los adjetivos no le importaban y de esta forma no se volvía pretencioso ni con la escritura ni con la vida. Si se subía en bicicleta para ir hasta el faro, lo escribía y punto, tal y como había sucedido, anotaba el tiempo que le había llevado, el día que hacía, aquel perro que le siguió todo el camino…

En ningún momento pasaba de la observación a la metáfora. Tenía bastante con escribir derecho y seguir el curso de las líneas, mantener el tono de la caligrafía en todo momento y respetar el interleneado con un bolígrafo defectuoso que iba soltando gotones de tinta y emborronando las distancias entre las palabras. Habían pasado más de treinta años desde que comenzase a escribir aquel diario y, ahora, repasando sus páginas y sus renglones gordos, se daba cuenta de lo mucho que había cambiado la idea sobre sí mismo.

Se recordaba vestido con unos pantalones cortos color crema, una espada de plástico en la mano, flequillo rubio y papos al rojo vivo, pero no era capaz de recordar cómo pensaba el mundo por aquel entonces, los años 70. Se le habían quedado en la retina los goles de los futbitos en la Plaza Nueva, los colores de los rotuladores Carioca… los tres jabalíes chorreantes de sangre que la cuadrilla del padre de Ricardo llevaban sobre el capó del todoterreno…; en cuanto al olfato, allí seguían los olores de las redes del pescado, el aire del verano mezclado con sardinas a la plancha, serrín y sidra; el olor de las butacas del cine… Con el gusto aún era capaz de retrotraerse al caldo de carne, a los zumos múltiples de la licuadora, a la compota, a los rollos de bonito, al Pica-pica, al hielo coloreado del flash. Tampoco olvidó el tacto de las postillas, ni el de las medusas, ni otros tactos menos honrosos… y sin embargo no tenía ni idea de qué se le pasaba por la cabeza a aquel crío que fue. Sensaciones todas, sentimientos unos pocos, pero pensamientos nada de nada… quizás es que no los tuviese. Leyendo su diario no pudo dejar de hacer acotaciones mentales en aquellas historias que no significaban nada más que lo que decían, como si en el fondo, haciendo esto, lograse recuperar su infancia más que echarla a perder.

Curiosamente tenía grabado en la memoria la mayoría de las vivencias que se habían detallado en aquel cuaderno, así que pensó que las vivencias se refuerzan con las letras. Nunca se le había ocurrido pensar seriamente en esta teoría, pero era evidente que mientras conservó su interés por relatar lo que le sucedía, las cosas que le pasaban alcanzaron una dimensión gramatical.

Leyendo ahora su diario, a los treinta y tantos, no podía dejar de pensar qué hubiese pasado si en lugar de decir esto hubiera querido decir lo otro, qué cosas no se atrevió a escribir, por qué empleó esta palabra y no otra… pero a un niño no le van los dobles sentidos y apenas tiene temores para ocultar nada delante de su diario íntimo. Además, cómo saber qué otras cosas pudo haber escrito, cómo reconocer qué censuras pudieron darse si lo que no estaba escrito no estaba en su memoria.

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