Eléctrico

En el silencio de la noche identifica al mismo tiempo el pripri de su móvil casi descargado, y el rrggrgggminucioso del frigorífico vacío. El ssssunnnn monótono de la pantalla del ordenador , el trrrtrrtrr del procesador que se reinicia con frecuencia, y la guerra de mosquitos que toman la pantalla de la televisión tras la carta de ajuste: psssssssss.

Bajo sus párpados quedan restos de mensajes: cyber letras pestañeantes, demasiado intensas pero sin gramática posible. Con los ojos cerrados, sin poder dormirse, asimila la existencia vacua de los cationes. Por momentos se convierte en un reflejo de la pantalla, en un engranaje de cualquier sistema electrónico, en ruido. Dormita como un mecanismo y apreta sus puños en busca de nervio.

Cuando oye los truenos de alguna tormenta se acuerda de Dios y le pide un rayo. Pero nunca caen cerca. Entonces se vuelve de nuevo hacia sí mismo y escudriña sus órganos, presiona sus dedos sobre la piel y los siente funcionar por allí abajo: los líquidos moverse, las membranas rozarse, las cavidades abrirse y cerrarse. Siempre igual.

Tiene tantas ganas de sentir, de sentirse como realmente es, como uno puede llegar a ser, como uno es, que se decide finalmente. Pela cables adyacentes a todas las máquinas de su casa y se los inyecta en su cuerpo. Luego sube el interruptor.

Tras la descarga todas las cosas hacen un pequeño guiño y se encienden como es costumbre en las noches. Ruidos solitarios vuelan por el aire sin rumbo. Pero entonces el teléfono móvil suena reclamando una voz y la nevera se abre como en el espejismo de un hambriento; su luz engañosa simula una masa de alimentos dentro. Se escucha alto y claro un nuevo y prometedor programa en la televisión, y por la pantalla del personal computer comienzan a construirse frases con claridad de pensamiento.

Todo llega demasiado tarde, porque él moja su cama con la sangre que le cae de los oídos.  Sus ojos han estallado y son una bulba gelatinosa que rebosa las cuencas.

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