El plano

Me chifla que las cosas no signifiquen más que lo que son. En absoluto me gustan los escrúpulos y adoro las cosas. Lo que quise hacer desde un primer momento fue ponerme a grabar, y nada más. Como no tenía otra cosa más cerca comencé por un plano de mi mano de 45 minutos. La cámara estaba fija. Algo así como insectos invisibles jugaban con los pelos de mis dedos. Por la piel reptaba una colonia de bichos transparantes. Según transcurría la grabación más certeza tenía de que la piel, incluidas sus marcas y cicatrices, no palpitaba. Sólo se trataba de una alfombra pisoteada por el tiempo, árida de tanto gel.

Reflexionando sobre la posibilidad de que la piel estuviese muerta, quise poner en evidencia al resto de mi cara. Y estaba muerta la nariz, la oreja derecha, la izquierda, el cabello. Cuando proyectaba las grabaciones en la televisión no adivinaba síntomas de vida.

Pasé de la piel a la boca. Me había llevado tres horas de cinta. Me detuve otras tres en mis ojos. La boca la grabé cerrada y los ojos muy abiertos, llorosos y rojos de tanto evitar el pestañeo en una dura sesión de sujetar la cámara frente a mí.

Mi cara me llegó a aburrir tanto que estuve más de una semana sin mirarme al espejo. También decidí no seguir con la inspección de mi cuerpo, me hastiaba. Incluso llegué a desnudarme completamente, pero es imposible detenerse demasiado tiempo en la imagen de ti mismo sin afán “científico”.

Cambié mi anatomía por la de las cosas y las gentes que estaban allí fuera. Durante aquellos días, en pleno aprendizaje aún, grabé el plano que me ha hecho famoso.

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