El hombre de la gabardina

Llevaba una gabardina clásica estilo trinchera de color beige. Los cuellos alzados por encima de las orejas le hacían parecer cuellicorto. Había dejado el sombrero sobre la barra, un Dobbs estilo Palmer también de color beige. Al lado del sombrero brillaba un vaso de whisky on the rock, cargado hasta arriba con un Mcallan de 18 años. Las piedras de hielo eran cubos exactos y flotaban en el oro translúcido. Movía el vaso con sus dedos de forma tosca. Resultaba poco convincente. Metió su mano derecha en un bolsillo de la gabardina y extrajo un paquete de rubio americano marca Lucky Strike. Al abrir la cajetilla no supo hacerlo con soltura. Contrariado, cambió su semblante taciturno por un gesto impropio. El primer cigarrillo que cogió lo partió a la altura del filtro con sus torpes dedos.

-Lo siento -dijo.

Sacó otro y se lo colocó en los labios precipitadamente como si le estuviesen apuntando con una pistola para que lo hiciese. Una mano le acercó un zippo, abrió la tapa con un movimiento experto del dedo gordo, le dio a la rueda dentada y una potente llama con olor a gasolina encendió el pitillo.

-Gracias -masculló el hombre de la gabardina.

Apenas terminó de decirlo tosió varias veces y revolvió flemas.

-Lo siento -repitió.

El humo se había concentrado en su cara, no había manera de quitárselo de allí. Con los ojos escocidos y un gesto de asco dio otra calada. Esta vez la bocanada resultó más experta. No tosió. El humo partía del cigarrillo formando volutas sencillas de color azulado. Carraspeó tímidamente y dijo:

-No sé por dónde empezar…

Sacudió el pitillo en el cenicero inútilmente, miró al que fuera su interlocutor y volvió a hablar.

-Yo no tuve la culpa, soy fácil de convencer pero no tengo la culpa de que todo haya acabado así…

Sus interrupciones comenzaban a ser excesivas y no había hecho más que empezar. Cogió el vaso on the rock y echó un trago. Al dejarlo de nuevo sobre la mesa le temblaba el pulso. Cerró los ojos por un instante y el Mcallan actuó por él mientras estuvo en silencio.

-Lo tenían todo preparado, sólo contaban conmigo para que pagase el pato… -continuó.

Echó una mano a la cabeza y se revolvió el pelo con pesadumbre (quizás).

-De no haber aceptado el encargo se lo hubiesen encasquetado a otro en mi lugar. Alguien tenía que hacerlo.

Dio otra calada.

-Tengo el agua al cuello -se levantó de repente sin que el tono de sus palabras diesen pistas de que fuera hacerlo-. ¡Por Dios, míreme, esto es todo lo que soy! Me tragué el anzuelo… y qué si lo hice, ¡maldita sea!

El maldita sea resultó una exclamación hueca sin demasiado sentido. Más que exclamar simplemente hablaba más alto para dejarse oír. Se veía a la legua que estaba actuando.

-¡Diablos! -continuó- si quieren culparme que lo hagan… ni siquiera pienso recurrir a un maldito abogado -dijo más tranquilamente mientras volvía a sentarse-, ya no me importa…

Cogió el vaso de whisky y se lo bebió de un trago. Su pulso no sobreactuaba un ápice. Tenía los ojos enrojecidos por el humo del tabaco y los lingotazos. Entonces se recostó sobre la barra con los brazos a modo de almohada como si no tuviese intención de volver a decir nada más.

Se incorporó de nuevo. Ya no se trataba de que fuese o no culpable, es que no daba a entender ni una cosa ni la otra con su comportamiento. Le sirvieron otro Mcallan de 18 años, un auténtico desperdicio a aquellas alturas. Ante la visión del whisky cambió de expresión, se dibujó en su boca un gesto de mordacidad.

-Supongo que es necesario que me tome otro para meterme en mi papel de maldito perdedor. Vale entonces, me lo beberé de un trago… pero antes vas a darme fuego.

En el mundo de las probabilidades hay cosas poco probables pero muy pocas totalmente improbables. Quizás para que todo siguiera un cauce absurdo, rompió otro cigarrillo al sacarlo del paquete.

-Lo siento -dijo-, juro que esto no me había pasado antes.

Sacó otro lucky más y se lo colocó en los labios precipitadamente como si le estuviesen apuntando con una pistola para que lo hiciese. Una mano le acercó el mechero zippo, abrió la tapa con un movimiento experto del dedo gordo, le dio a la rueda dentada y una potente llama con olor a gasolina encendió el pitillo. La historia se repetía con idénticos hechos e idénticas palabras. Aunque esta vez fumó con más experiencia; las caladas eran profundas y medidas.

-Yo no tuve la culpa… pero soy un maldito perdedor, es a mí a quien persiguen, ¡a mí!

Daba la sensación de que su historia hubiese caído en un bucle. El relato no avanzaba, escupía vocablos idénticos y todo seguía igual.

-¿Qué importa que los demás me consideren culpable? Y qué si lo hacen… Estoy aquí -dijo levantándose de nuevo-, que vengan a por mí si quieren, ¡que me condenen!… ¡Pero que dejen de jugar conmigo! -en este punto golpeó con el puño sobre la barra, lo hizo mirando al frente y con tal mala pata que aplastó el sombrero Dobbs estilo Palmer de color beige.

-Lo siento -dijo, y se sentó turbado.

Experimentó una especie de escalofrío e hizo amago de subirse los cuellos de la gabardina, pero éstos seguían asomando por encima de las orejas. Bebió de un trago el Mcallan y volvió a dejarse caer sobre la barra con sus brazos a modo de almohada.

-No puedo más -aseguró.

Al rato se incorporó frenético. Sus cambios de ánimo comenzaban a ser muy desconcertantes.

-¡Pero qué estoy haciendo aquí! ¡Qué le he contado! -se inclinó sobre su interlocutor con intención de agarrarle la camisa pero recibió un sonoro tortazo del tipo que estaba al otro lado de la barra.

-A mí este tío no me toca, lo habéis emborrachado -dijo con calma.

Un tipo bajito, con una carpeta en la mano, se acercó corriendo desde el fondo del bar, donde estaba la cámara.

-¡Vete de aquí! – le ordenó al figurante que había propinado el guantazo. Este salió del local maldiciendo.

El hombrecillo se volvió entonces hacia el hombre de la gabardina, que aún no había tenido tiempo de reaccionar.

-¿Antonio?, Antonio González ¿verdad? -preguntó.
-Así es.
-Sinceramente, no ha estado mal, pero siento decirle que no encaja en el dramatismo de la escena.
-Pero… si me he llevado una hostia y todo.
-Lo sentimos mucho, eso no formaba parte de la historia, ya nos encargaremos de que reciba una pequeña indemnización por las molestias.
-Claro, molestias… -repitió visiblemente asqueado.
-Debe de comprender que ha venido más gente a las pruebas.

Esta última afirmación dejó al hombre de la gabardina con la mosca detrás de la oreja. Al momento pasó al ataque.

-Pero quién coño va a interpretrar esto, quién puede creerse que un tipo confiesa su crimen a un barman…
-Nadie le ha dicho que se trate de un crimen Antonio. Va por delante de los demás, saca demasiadas conclusiones precipitadas y eso se percibe en su interpretación. Además ha perdido los papeles, usted no tenía que desmentir nada de lo dicho. Se ha hecho un verdadero lío, debería haberse incorporado y aclarar de nuevo que no era culpable…
-Hombre, la palabra culpable otra vez, por si no quedaba claro.
-Debió decir eso y punto, Antonio. Usted está aquí para decir íntegramente lo que se le pide que diga.
– Y qué hay de los maldita sea -dijo con voz aflautada, burlándose de las expresiones:-, diablos, agua al cuello, etcétera, etcétera. ¡Por el amor de Dios, es un monólogo estúpido!
-Antonio, esas palabras también se las ha inventado usted, no venían en el guión.

El hombre de la gabardina metió su mano en un bolsillo y extrajo el paquete de rubio americano marca Lucky Strike.

-Esta vez no pienso romper ninguno -dijo mirando desde arriba al hombrecillo de la carpeta.

Se colocó el pitillo en los labios, estilo Humphrey Bogart, y buscó algo más en los bolsillos de su pantalón. Sacó un pequeño mechero blanco marca Bic y se dio fuego a sí mismo. Su aspecto era fiero, casi despiadado. Inhaló una calada, mantuvo el humo unos segundos en los pulmones y se lo echó en la cara a su interlocutor.

-Por favor Antonio, no complique más las cosas -le rogó serenamente, y añadió:- tampoco estaba contemplado que fumase en esta escena, y no ha hecho otra cosa, Antonio.
-Antonio, Antonio, parece usted un puto loro que no sabe decir otra cosa.

El hombrecillo de la carpeta se hartó y sacó pecho.

-Hasta aquí llegamos, ahora mismo te vas o te sacamos de una patada, amigo.
-Ja, yo de aquí no me voy hasta que alguien me explique qué crimen cometió mi personaje, amigo.

Dio un paso al frente, agarró al hombrecillo de la carpeta por la camisa y lo alzó en el aire de forma plenamente convincente.

-Antonio, por favor, tranquilícese… déjeme en el suelo…

Tres jóvenes espigados se mantenían alerta al final del bar, eran el encargado de sonido, el técnico de iluminación y el cámara. No tenían pensado inmiscuirse de momento, por si las moscas.

-¡No tenemos todo el día! -le espetó el hombre de la gabardina, escupiendo las palabras muy cerca de su cara y sujetándole aún en el aire.
-Está bien, ese tipo se ha cargado accidentalemente a unos granujas de poca monta cuando hacía su ronda por el barrio…
-¿Ronda?, ¿qué tipo de ronda hace un sujeto como él?
-Es un pringao y su jefe mafioso le ha presionado para que le apriete las tuercas a unos morosos, nada más… pero al final termina por matarlos… el jefe le dijo que les atemorizase con la pistola, le aseguró que sólo estaba cargada con balas de fogeo, pero eran de verdad y él apretó el gatillo.
-¡No!, ¡no me gusta que sea accidentalmente, tiene que saber que la pistola tiene balas de verdad! -cada vez hablaba más alto.
-Está bien, será como usted quiera: sabía que la pistola tenía balas de verdad y no tiene escrúpulos, los mató a sangre fría. ¿Quiere bajarme de una vez?

El hombre de la gabardina lo soltó con desprecio.

-Pero entonces… lo que cuenta en la barra no tiene sentido -sugirió.
-¡Y qué quiere que yo le haga, tenemos serios problemas con el guión, será como usted quiera, díganos cómo acaba todo y… lárgese! -exclamó el hombrecillo de la carpeta perdiendo los estribos.
-Menuda mierda – musitó entonces el hombre de la gabardina.

Presumiblemente llevaba una sobaquera bajo el brazo izquierdo, de ahí extrajo una pistola tipo revolver de doble acción, marca Smith & Wesson, modelo 642, de la que se había fabricado una edición limitada para celebrar su centenario como arma. Tenía un armazón diseñado de forma ergonómica, una empuñadura con el ángulo ideal para el encare y el tiro de precisión.

El hombre de la gabardina apuntó y disparó tres veces. Tres percusiones, tres muertos. Primero mató al hombrecillo de la carpeta, después al encargado de sonido y acto seguido al de iluminación. Los tres yacían en el suelo con la bala correspondiente entre ceja y ceja. Cuando encañonó al cámara, un brillo en sus ojos advertía de que se sabía perfectamente el guión.

-¡Tú! -le gritó- ¡acércate y sírveme una copa!

El joven cámara ni siquiera pudo moverse, estaba demasiado confundido. Sólo sus ojos daban vueltas de un lado a otro como si hubiera perdido la razón o se estuviese despertando de una pesadilla.

-¿A qué esperas muchacho?

Cuando lo tuvo a su lado, cagado de miedo, mientras vertía tembloroso el Mcallan en su vaso on the rock, el hombre de la gabardina le susurró:

-Supongo que lo habrás grabado todo… Después me vas a sacar unos cuantos primeros planos, aún tengo muchas cosas que confesar.

Una gota de sudor recorrió la frente extremadamente pálida del joven cámara.

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