El hombre de la caverna

No le quedaba ni un tronco más. La leña se había quemado poco a poco pero su fiebre no cesaba. Afuera seguía nevando mientras deliraba. El invierno en el exterior de aquella cueva parecía que no se iba a a acabar nunca, y cuando el fuego se agotase, el invierno entraría dentro y ni mil pieles de oso le salvarían de morir congelado. Apenas tenía fuerzas para sorber aquella pócima que el mismo se había preparado con gran sabiduría, como chamán que era. Bebió el brebaje y cerró los ojos muy cansado mientras la hoguera se iba quedando sin llama.

Ahora era los ojos de un gran ave. Sobrevoló el territorio nevado, atravesó el océano en tempestad y descubrió una tierra árida. Divisó una cueva, en cuya boca se recortaban dos siluetas humanas. Más cerca, convertido ya en una pequeña alimaña, escuchó nítidamente lo que aquel arqueólogo que saboreba a pequeños sorbos su té helado defendía ante su colega:

En su oponión el hallazgo no tenía semejanzas con la teoría de Reinhard, aquélla que pretendía demostrar que Oteiz, “el hombre de hielo”, no fue en vida un cazador sino una presa, víctima de un asesinato ritual. La momia que ahora tenían ante ellos, y que apenas les había dado tiempo a bautizar como “el hombre de la caverna”, no guardaba ninguna similitud con aquel caso. No podía saberse si llevaba o no clavada una flecha con punta de piedra en su espalda, pero en el momento de morir no portaba un hacha en el cinto, ni un sombrero de piel de oso, ni usaba calzado hecho de hierbas y cuerda de cáñamo. Tampoco tenía entre 45 y 50 años, ni ninguna edad concreta. No medía 1,65 metros de altura, ni pesaba unos 40 kilos. Ni siquiera hacía falta que ningún Museo Arqueológico lo conservase a seis grados bajo cero.

“El hombre de hielo” fue hallado en los Alpes; “el hombre de la caverna” se descrube en este preciso instante y en cualquier desierto del mundo -aún no ha trascendido el lugar exacto.

A pesar de los miles de años trascurridos, “el hombre de la caverna” no sólo conserva el pelo completo y los tejidos húmedos; se conserva al completo y se extiende dentro de enorme bloque de hielo perfectamente sólido que soporta temperaturas de más de 40 grados a la sombra.

Si uno se acerca a observarlo verá su propia cara allí dentro, su cuerpo desnudo, las venas de sus brazos, su pelo idéntico; todo congelado… como si la vida fuese un perpetuo invierno, o como si las momias antiquísmas tuviesen el poder de mutar en nuevos seres vivos para dejarles sin aliento.

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