El compromiso

Ella, acostumbrada a sentirse como un cuerpo helado a la espera de un deshielo… Ella, digo, acostumbrada a derrochar, acostumbrada a ser amada pero no a amar, prefería escuchar a Aute: “Hay mujeres veneno, mujeres fatal, hay mujeres de fuego y helado metal”.

Esa mañana no sabía a que carta quedarse y, deseando que por fin cambiase su suerte, cogió una al azar. Resultó ser el maldito As de Oros otra vez. Día sí, día no, siempre le salía la misma carta. Alguien pensará que la tenía marcada, pero no es cierto. La misma carta siempre: prosperidad.

Así que a la hora acordada salió de nuevo para la joyería. Tenía las llaves desde hacía años, desde que el dueño le prometió serle fiel.

“Buenos días, me gustan éstos… buenos días, ¿esa piedra es auténtica?… buenos días, estaba buscando… buenos días, estás muy guapa hoy”.

Así era hasta la una y media del medio día. Después ella tomaba prestados pendientes, sortijas y collares y se iba a pasear con su amante por la ciudad. Estaba en el trato.

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