El caso del huevo Kinder

Siempre hay asuntos sin resolver. Algunos terminan por resolverse y otros pasan a la historia por no resolverse jamás. El caso que nos ocupa es uno de estos últimos. O sea, que como hecho criminal es perfecto y como caso frustrante.

Todo comenzó una mañana cualquiera en un ultramarinos cualquiera especializado en fiambres, quesos y jamones, pero con una sección de pastelería donde el singular huevo Kinder que nos ocupa esperaba a un treintañero cualquiera que tiene como fetiche este artículo de consumo infantil.

Es posible que los acontecimientos se desarrollasen sin que nada de esto que voy a contar importe demasiado, pero es cierto que el huevo, o los huevos en general, tienen una fuerte carga mitológica. Los hindúes sostenían que el mundo había nacido de un huevo…

Sobre todo a partir de San Agustín, el huevo comienza a adquirir el significado místico de la resurrección. Al regalarlo, los cristianos expresan su fe en la inmortalidad y en la salvación del alma.

Se dice que el caso específico del huevo de chocolate nace en la Corte del Palacio de Versalles, Francia. En el siglo XVI, el Rey Francisco I recibió el primer huevo con “sorpresa” que haya quedado documentado: en su interior encontró una miniatura grabada que representaba la Pasión.

Bien, lo que cabe preguntarse es si estos huevos no son capaces también de generar un efecto pernicioso, un influjo insidioso en las mentes de sus dueños, hayan comprado el huevo en un ultramarinos o se lo hayan regalado en un castillo.

Digo esto porque el tal Francisco I fue un hombre sin escrúpulos. Me faltan reseñas históricas para saber si el Rey perdió los escrúpulos antes o después de que le regalaran el huevo con miniatura, pero es algo sabido que en su reinado se mostró tremendamente beligerante y que su Corte se consagró íntegramente a la belleza y a las fiestas.

Nuestro treintañero cualquiera tiene por afición principal los juegos de estrategia de ordenador, sobre todo los bélicos. Presume de haberlos acabado todos en un tiempo récord. Su mejor misión la culminó jugando al Age of Mitologhy. Contaba con la caballería de Poseidon. Rápidamente consiguió masificar un ejercito compuesto enteramente por Hippikons (unidades excelentes a la hora de tirar abajo torres enemigas). Sin pensar en un botín ni nada parecido, devastó todo a su pasó. Hostigó la economía enemiga como si no hubiera un mañana. Al final, sus tropas permanecieron casi intactas, lo que le permitió acumular un montón de guerreros para pasar a la fase heroica.

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Se detuvo frente a la papelera más próxima a su portal y allí tiró el envoltorio del huevo que había adquirido en el ultramarinos. Subió las escaleras con el huevo de chocolate pegándose a su mano. Dio un portazo al entrar en casa para que su madre supiese que había llegado. Se metió raudo en su habitación, su pequeño feudo, y echó el pestillo. El ordenador aún estaba encendido, y en la pantalla se veía el mapa del archipiélago que había atacado en su última incursión en territorio enemigo; todo había sido conquistado y pestañeaba la opción siguiente sobre el océano.

Sobre su escritorio abrió por la mitad el huevo Kinder sorpresa. Ya tenía los 8 Hippos de vacaciones, las dos series de los Fantasmotes, los Osos en la playa, los Gnomos aseándose; y también los Vámpiros, los Extraterrestres, los Buitres medievales, los Tiburones en Arabia, los Cocodrilos en la calle… Una colección que se remonta casi dos décadas y que al día de hoy sigue aportando muy poco, o nada, a este caso misterioso. Yo cito su colección, saltándome cualquier manual de policía científica, porque en el fondo conozco hasta el último detalle y no creo en el sentido santurrón y benéfico que se asocia a estos huevos del demonio.

Dentro del huevo había un Maestro Jedi de la serie Star Wars. Creyó adivinar bajo las barbas del Maestro su propio rostro curtido por el paso de los siglos, después de haber alcanzado la plenitud en la Fuerza, aumentado su entendimiento sobre la vida y el balance del cosmos. Sabía que en este grado de Maestro, un Jedi está capacitado para preparar a nuevos Caballeros…

La miniatura escondía bajo su túnica la espada de la luz. Con un movimiento de brazos, sorprendente pero minúsculo, la empuñó y la colocó frente a los ojos de nuestro treintañero. Con la mente, o con lo que fueran que tuviese aquel muñeco, hizo crecer el haz, alcanzando la espada de la luz un tamaño desproporcionado. Se escuchaba el zumbido eléctrico de su poder muy cerca, demasiado cerca.

Nuestro amigo no tuvo manera de defenderse. El gesto final resultó asombrosamente sencillo: mientras su cuerpo se desmoronaba sin fuerza alguna, la cabeza gesticulaba aún, rodando a trompicones con golpes secos sobre el pavimento hasta llegar al otro extremo de la habitación, donde cerró los ojos en un último intento por comprender.

Fue su padre, quién rompió en pedazos la puerta horas más tarde. Sin aliento, descubrió a su hijo decapitado. Fue el único capaz de intuir cierto olor a chamusquina en el ambiente. Cuando llegaron los inspectores ese olor ya no existía. El corte del cuello mostraba evidencias de haberse realizado con un arma láser o algo parecido. Lógicamente el arma no se encontró porque el Maestro Jedi volvió a esconderla bajo su túnica. La policía se entretuvo especulando con la posibilidad de que alguien se hubiese colado por la ventana, cosa casi imposible pues las persianas estaban cerradas a cal y canto. Otra hipótesis aventuraba que alguien, algún conocido posiblemente, le estuviese esperando en el cuarto para un ajuste de cuentas.

En el juicio, el fiscal quiso acusar a sus padres de haberle cortado la cabeza con un cuchillo jamonero al rojo vivo, y de haber creado después el escenario propicio para sembrar las dudas entre los agentes e investigadores.

La idea del suicidio no salió a relucir; más que nada por la ausencia de soga o similar, y por la dificultad que entraña degollarse de tal manera uno mismo.

Así que hubo un mar de dudas; también sospechosos, porque siempre se tiene que sospechar de alguien, pero no hubo ni culpables ni castigo por falta absoluta de pruebas. El caso del huevo Kinder se archivó finalmente como el caso de la cabeza cortada. Nadie se interesó más de lo normal por las manos de nuestro difunto protagonista, manchadas de chocolate, ni por la historia que hay detrás de los huevos sorpresa, ni por la esencia en principio benéfica de estos huevos, ni por el hecho de que los huevos den lugar a la vida, ni por las miniaturas en forma de Pasión o de Jedi que se encuentran dentro de los huevos de chocolate, ni por el sentido de los coleccionables de Kinder… además, el forense no pudo encontrar en el cuerpo más evidencias del crimen que la falta absoluta de cabeza.

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