A fin de cuentas

Una tarde llegó del trabajo hartísimo de que la quiebra se avecinase por más que él pusiera de su parte. No llegaba a ver otra cosa que ideas vagas y retorcidas, billetes que ardían, millones de expedientes, la prensa del día, los informes, todo quemando en una gran hoguera vengadora que creaba largos tirabuzones de humo negro y denso. Todo el papel de las fotocopiadoras, de los fax, de los libros de cuentas formaban pilas hacia el cielo; y millones de números, gráficos y letras inconexas esperaban resignados su final.

Imaginó una simple cerilla, una mano inocente y un poco de gasolina para que todo fuese más rápido. La realidad se había impuesto como una verdad absoluta, por encima de propagandas oficiales y publicidades engañosas, por encima del marketing, por encima de dictámenes y rogativas, por encima de todo convenio laboral. Como si ya nada importase; ni el trabajo, ni los objetivos fijados, ni las primas.

Ser un Jefe, ese era el título del libro que le había llevado al éxito empresarial. Un manual distendido que un tal Jean Bertin escribió allá por 1975 para la Academia Internacional de Management. En el apartado de FELICITAR O CENSURAR AL EMPLEADO CUANDO SE LO MEREZCA, decía lo siguiente de forma telegráfica y con unos resaltados grandilocuentes sin estilo definido: En primer lugar, debe existir siempre la SEGURIDAD DEL HECHO para felicitar o censurar. En caso de duda, no emitir nunca opiniones, concretar siempre HECHOS REALES. No decir nunca: No estoy satisfecho, esto no va bien, no rinde lo suficiente. Hay que precisar el motivo de la insatisfacción, qué es lo que no va bien, cuánto se debe hacer, por qué y cómo.

Antes de salir de la oficina, el jefe no pudo aguantarlo más y se acercó cautelosamente al contable. No fue capaz de llamarle por su nombre (Javier) como hacía siempre, y le salió un “Jiménez” defectuoso y entre carraspeos.

-Dígame, señor Vicente.
-Las cuentas no cuadran.
-No, pero aún tenemos pendientes unos quince pagos atrasados que se harán efectivos en los próximas días.
-¿Y cree que eso podrá salvar la situación?
-Pues no lo creo, no, pero…
-Pero qué, acaso le he pagado alguna vez para que piense.

El contable le miró a los ojos quieta y despectivamente, a continuación se volvió hacia el teclado y siguió con su trabajo.

Para el jefe que cumple sus deberes no existe misión más agradable, ni que le proporcione más satisfacción que la de DIRIGIR A LOS HOMBRES, por eso sale de la oficina dando un medio portazo; portazo porque suena como un portazo, pero medio porque todo el mundo sabe que nunca los da y que en este caso no habrá sido su intención.

A fin de cuentas, no hay disciplina, por dura que sea, que pueda obligar a un hombre a ser jefe de sí mismo.

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